Autoridad creciente de la vicepresidenta Calviño

Nadia Calviño aporta al Gobierno el valor añadido de su credibilidad personal en la Comisión Europea, donde ejerció tareas relevantes como alto cargo profesional en un par de comisarías de relieve: Presupuestos y Mercado Interior. En Bruselas se fían de la ministra Calviño por su trayectoria previa al cargo de ministra; y de eso se benéfica el presidente Sánchez y el gobierno español.

Las circunstancias, el azar de la dimisión voluntaria del ministro portugués de Economía, que aspira al más estable empleo de gobernador del banco central de Portugal con asiento en el BCE, deja vacante la presidencia del Eurogrupo a mitad de mandato. Y la ministra española (vicepresidenta 3ª) goza de muchas posibilidades para ocupar ese asiento, que otorga plaza en los sanedrines de Bruselas. El cargo, presidir el Eurogrupo, requiere la condición de ser ministro en su país, por tanto supone una carga adicional de trabajo y de responsabilidad.

El habitual provincianismo frente a los cargos internacionales interpreta las posibilidades de la ministra española como una demostración del poder de España, señal de prestigio e influencia. Bastante ridículo, en este caso cuentan más los factores personales que los nacionales. Además la pretensión de que asumiendo la presidencia del Eurogrupo los intereses españoles van a ser mejor y más defendidos, es infundada. La presidencia impone exigencias al país que representa el presidente que necesita autoridad moral y ejemplaridad para coordinar a todos los socios.

Los más altos cargos de la Comisión, que llegan al cargo por cuotas nacionales asumen el compromiso de representar intereses generales de la Unión y no solo los de su país de origen. Los comisarios lo son de la unión y no del gobierno que le propone al Parlamento Europeo.

Nadia Calviño ha ejercido su ministerio a lo largo de los dos años que lleva en el Gobierno con prudencia y discreción, con disciplina de alta funcionaria sin demérito de la condición de política sobrevenida, con ideología y razonable disciplina de partido. Por varias razones acumula una posición de fortaleza en el gabinete, más allá de la condición de peón reemplazable sin coste. Hoy Calviño es una pieza irreemplazable para Sánchez y se nota cada día.

El hecho de que la oposición, incluido VOX, apoyen la candidatura de Calviño al Eurogrupo no es baladí, manda una señal de fortaleza y de influencia. Que desde la patronal se apueste por Calviño como garantía para mantener el diálogo social, tampoco es inocente. Y que uno de los empresarios más independientes, el presidente de la Empresa Familiar reclame una vicepresidencia fuerte, con autonomía y poder para gestionar la recuperación tampoco es una anécdota.

Sánchez es un político opaco, veleta en sus preferencias que ajusta a su conveniencia. Pero es consciente que Nadia Calviño es un pilar crítico y no reemplazable. Y ella tendrá que gestionar esa ventaja con inteligencia, sin ostentación, protegiéndose de esas envidias e intrigas que adornan la peripecia política.