Planes sectoriales, lluvia de millones y pocas ideas

Las decisiones del Gobierno para estimular la economía y superar los efectos depresivos del confinamiento cursan a modo de presentación de un producto comercial con el escenario de la Moncloa que se reviste de distinta manera cada día. Mucha liturgia. Unas presentaciones con un actor principal, el Presidente del Gobierno, y una audiencia compuesta por miembros del Gobierno y representantes de los interesados, afectados o beneficiados. La cosa va por sectores, automóvil, turismo… además de la tradicional mesa de los agentes sociales (sindicatos y patronal).

ABBA dispone de la música de fondo para animar estas presentaciones: “money, money, money…” El titular de todas las presentaciones es homogéneo: el Gobierno pone cinco mil, tres mil…. millones para apoyar el sector de cada día. Unas cifras que salen de la suma de peras, manzanas y patatas; de avales, créditos y subsidios, con calendarios plurianuales, en unos casos ya contemplados y presupuestados en programas en curso o en otros por concretar. A los beneficiados les parece bien, aunque siempre lo ven insuficiente.

Gobernar es gastar, decía el profesor Fuentes Quintana, y los gobiernos se entregan, con más o menos entusiasmo, a ese principio y práctica. Rodríguez Zapatero, por ejemplo, era un entusiasta del reparto de cheques y del gasto dirigido, a favor o en contra de corriente. A Solbes le pedía que acumulara para que él pudiera luego repartir con las prioridades políticas que estimara convenientes. Efectivamente gobernar es gastar, pero con algún añadido sustancial, gastar con sentido, con un fin, con el objetivo de sembrar para crecer, para mejorar las condiciones futuras.

Tras una catástrofe como la que ha supuesto la hibernación durante tres meses que ha derrumbado la actividad, la producción y el empleo hay que gastar, y gastar mucho para recuperar potencia, para evitar la necrosis del tejido productivo. Pero insisto gastar con tino, con propósito y con definición de objetivos y evaluación posterior.

Por poner un ejemplo. La política de subsidio a los compradores de coches, como la desgravación fiscal a la compra de vivienda, tienen evaluaciones más bien negativas, sucedáneos para estimular el consumo, capturados desde el primer minuto por la oferta. Sostener, estimular, alentar la industria del automóvil en España (más de tres millones de capacidad de producción al año) no pasa por incentivar unas decenas de miles de ventas locales. Lo que el sector necesita tiene que ver con infraestructuras, formación profesional, ciencia dirigida a la innovación… Y otro tanto para el turismo que es un sector complejo, con un valor añadido que las nuevas tecnologías han revaluado. En ambos sectores la industria española necesita ganar autonomía, reducir la dependencia de los grandes grupos multinacionales. Mucho se ha hecho en el sector hotelero y bastante menos en los intermediarios turísticos.

El reparto de millones desde Moncloa me parece garbancero, de otra época, nada sofisticado, poco multiplicador y demasiado improvisado. El discurso debería estar presidido por la mejora de la competitividad, por el buen funcionamiento del Estado, por la eficacia administrativa y la seguridad jurídica, por la confianza, por la mejora en la formación y del tamaño de las empresas…

El lunes el presidente de Inditex, Pablo Isla, apuntó un decálogo inteligente y sugestivo sobre las pistas por las que debería discurrir la recuperación. Tan importante como el dinero son las ideas, quizá más relevantes. Y de ideas hemos oído poco en la Moncloa.