La agonía en EL PAÍS

Que el diario El PAÍS es uno de los medios más influyentes en español, seguramente el más, es bastante obvio. Por eso mismo y algunas otras razones tiene partidarios y detractores, unos y otros bastante apasionados y también clientela fija con más o menos adhesión; y bastantes indiferentes que no les interesa el caso. El relevo en la dirección de un diario nacional siempre es relevante, indicativo de algo; y los relevos en EL PAÍS responden a ese principio. Seis directores en 44 años apuntan estabilidad, máxime cuanto todos ellos han salido de la casa, fundadores o asimilados. La salida de Sol Gallego es tan lógica como fue su llegada; asumió la dirección para pacificar una redacción desconcertada y alborotada, y tuvo una adhesión abrumadora. Ha cumplido el objetivo y al vencimiento de su contrato considera cumplido el encargo y prefiere retirarse con buenas razones. La llegada de Javier Moreno como repetidor en el cargo suena a decisión precipitada acelerada como cobertura de otros avatares no confesados que nada tienen que ver con lo periodístico, más bien con confrontación de intereses y de poderes.

 


La historia de EL PAÍS está contada en sus detalles cronológicos, algo menos en su significado. Un primer cuarto de siglo brillante, arrollador, con éxito editorial y empresarial sin precedentes. En muy pocos años se convirtió en medio de referencia por méritos propios, por competencia profesional de una redacción plural y motivada y por la estabilidad que otorgó el perfecto entendimiento entre el editor y el director de la cabecera. Esa es la fórmula de éxito: equilibrio empresarial, respeto mutuo entre editor y director, una redacción profesionalizada, exigente y respetada por ambos. Y rentabilidad para sustentar independencia

La segunda parte, la correspondiente al siglo XXI es más escabrosa, la antítesis de lo anterior. Si durante el último cuarto del siglo XX Prisa significó una de las mayores creaciones de valor de una compañía durante ese período, las dos primeras décadas del siglo XXI son las de una espectacular destrucción de valor, en buena medida atribuible a los mismos gestores.

¿Qué caracteriza la segunda vida de Prisa-El País?, primero la ruptura del equilibrio editor-director (Polanco-Cebrián) que entró en otra dimensión cuando ambos ejercieron de editores. Y segundo una expansión y diversificación de intereses desafortunada en casi todas las decisiones, a la vista de los resultados, con el agravante de que en ningún momento hubo reflexión ni rectificación. Acierto con la SER y Santillana y errores sucesivos con todo lo demás que exigió inversión por más de 6000 millones de euros. El momento transformador lo sitúo en la salida a bolsa el año 2000, con un antecedente crítico y tóxico: la licencia de la cadena de televisión Canal+.

Prisa salió a Bolsa el año 2000 con un valor de capitalización de 4.500 millones de euros (20€/acción). La sociedad se había constituido con menos de dos millones de euros de capital desembolsado veinticinco años antes y durante ese período sumó una ampliación de capital con desembolso en efectivo de otros ocho millones de euros. A lo largo del período los accionistas recibieron sustanciosos dividendos todos los años. En cualquier caso de 10 a 4.500 hay una creación de valor propia de los actuales unicornios. Pocos meses después de la salida a Bolsa la capitalización superó los 6.000 millones de euros (29,8€/acción). A partir de ese momento todo ha sido cuesta abajo hasta llegar a los 700 millones de capitalización esta semana tras numerosas ampliaciones de capital que han ido arruinando a viejos y nuevos accionistas. Un analistas que haya seguido las cuentas de la compañía habrá podido apreciar que empeoraban cada trimestre, peor que el anterior pero mejor que el siguiente.

Este es el drama y la agonía que perturba al prestigioso diario y agobia a su redacción. Una compañía en permanente guerra interna de accionistas con unos que quieren salvar su inversión (o lo que quede de ella) y algunos los créditos directos e indirectos que tienen comprometidos. Y otros que quieren mantener posiciones para nuevos objetivos no confesados. A todo eso se superponen tráficos ideológicos y políticos e intereses personales que agudizan la agonía y el conflicto.

El factor clave y determinante es que una empresa ejemplar en el equilibrio necesario de editor/director, propietarios y periodistas se convirtió en una casa sin editor, o con varios enfrentados, a los que periodismo les importa una higa, lo ven como mercancía de comercio o de sufrimiento. Los hay que maldicen el día en que se metieron en semejante aventura y los que pagarían por salir del enredo con el menor daño. Y no faltan los que se van aprovechando de la agonía. Y al fondo una redacción exigida, competente, desconcertada y, en ocasiones manipulada. Una redacción que no se merece editores y propietarios tan tóxicos e incompetentes.