Sánchez imita a Trump ¿será consciente?

Si hubiera que resumir en tres aspectos la extravagancia del actual presidente de los Estados Unidos elegiría los siguientes: primero una soberbia y un supremacismo que le lleva a sostener que es el mejor presidente de la historia, que su política es sobresaliente y que los resultados extraordinarios; se siente el mejor del mundo en todo. Segundo un desdén sin rubor por los datos, los hechos y la realidad. Para él inventaron las “realidades alternativas” entendidas como que la realidad y la verdad es la que él percibe. Y tercero, la pasión por el poder; su objetivo prioritario es ser presidente, estar de presidente, por delante de cualquier otro objetivo o propósito. Escuchando estos días al presidente Pedro Sánchez suena en muchas ocasiones como una versión adaptada de Trump, a la vista de las tres características señaladas.

El presidente español no ha escondida nunca su autoestima, un sentimiento de estar por encima de casi todo y de casi todos, que disimula con una retórica algo frailuna, que utiliza una humildad aparente que esconde una forma sublime de soberbia. Una retórica florida con poca densidad en el contenido. Sánchez no necesita que nadie le elogie, se elogia él mismo, se pone nota alta con el añadido de que no es discutible por evidente.

También despliega desdén por los hechos, utiliza los que le convienen y como le conviene recurriendo a lo “alternativo”. Por ejemplo son alternativas las cifras de víctimas de la pandemia. El mismo día en el que el INE, con la solvencia que se le reconoce, publica su “estimación de defunciones durante el brote de CONVID-19” que fija en 45.000 los fallecimientos atribuibles a la pandemia entre el 14 de marzo y el 24 de mayo, el Presidente se aferra en el Parlamento a la cifra del ministerio de Sanidad (poco más de la mitad) que ha acreditado a lo largo de estas últimas semanas asombrosa inconsistencia que va contra la credibilidad. Estos días el Presidente exhibió su visión alternativa al atribuir a la SEPI los nombramientos para el consejo de Enagás, sin olvidar el mundo alternativo de las decisiones de su ministro del Interior.

El tercer aspecto que une a ambos personajes es su pasión por el cargo, convertido en objetivo prioritario para ellos mismos y para los partidos que encabezan con liderazgo no discutible.

Sánchez como Trump utiliza la polarización, el frentismo, con una crítica intensa y permanente a los adversarios políticos. El norteamericano lo hace de frente, áspero, mientras que el español recurre a cierto disimulo, con un preámbulo de diálogo y buenas maneras que abandona al segundo siguiente para recurrir a la retórica que rechaza. Anuncia que se acabaron los insultos, que no deja espacio al odio, y a renglón seguido pone a caldo a los adversarios electorales al tiempo que elogia a unos socios provisionales que sabe que le traicionarán en breve.