No me digas rescate, es tabú 

A Rodríguez Zapatero no se le podía citar la palabra “crisis”, como se creía bendecido por la baraka imaginó que no le tocaba, que la economía española (y su gestión) no quedaría contaminada por la crisis financiera que venía de las subprime americanas. La crisis le arrolló. A Rajoy no se podía hablar de “rescate”, era palabra prohibida; su designio era como el de Zapatero, a él no le iban a arrollar. Tuvo rescate y condiciones, se lo impusieron los socios por las mismas razones y semejantes procedimientos que tres años antes afectaron a su antecesor y adversario.

La lección que debería aprender el sucesor discurre por el viejo proverbio: no digas que de esta agua no beberé… Pedro Sánchez no quiere oír la palabra rescate y, sobre todo, lo que la acompaña: condiciones. Por eso emplaza a los socios europeos para que subvenciones con generosidad los déficits que vienen. No quiere recurrir al MEDE, aunque no impone condiciones y compromisos, espera que sean otros los primeros en recurrir a esa fuente. Espera que los  nuevos mecanismos financieros vinculados a los Presupuestos de la Unión le eviten discurrir por “rescate y condicionalidad”.

La Vicepresidenta bien vista en Europa se ocupa de apartar al Presidente de esas palabras temidas. Por eso tiene dicho que, de momento, el mercado financia las necesidades financieras del Reino. Tiene razón, el saldo neto de deuda del Tesoro alcanzó a finales de abril la cota de 1.067 billones de euros, 44.000 más que a finales del pasado año con el aliciente de que el coste medio de esa deuda está al 2,3% con vida media de casi siete años.

Pero la Vicepresidenta, y cualquier que sepa algo de la materia, sabe que las necesidades de financiación a lo largo del año van a ser extraordinarias, del orden de cien mil millones adicionales sobre los 200.000 previstos en el programa de emisiones en vigor. Hay que financiar gasto, muchísimo gasto y atender amortizaciones.

Para conseguirlo el concurso de la Europa del euro es imprescindible, sin ese concurso nada sería posible, aparte de la bancarrota y un ajuste más brutal de la historia. Europa ya ayuda con el paraguas del Banco Central Europeo que hoy es el primer acreedor a distancia del Tesoro. Pero no es suficiente, serán precisas contribuciones adicionales de la Unión Europa en la forma que finalmente determine la Comisión (subsidios, transferencias, créditos…) y que incluya la condicionalidad menos exigente posible.

El planteamiento supone una alta dosis de ingenuidad ya que no estamos ante donativos graciables, ante una forma de caridad que se olvida, sino ante un colosal ejercicio de reciprocidad entre países que comparten un proyecto. Y la reciprocidad implicará condiciones. Más aun, será bueno que así sea ya que eso significa equivalencia, confianza, garantía de futuro. No se puede pertenecer a un club que te mantiene por simpatía caritativa. No lo tolerarían los electorados de los demás países.

Las explicaciones que hasta ahora ha dado el Gobierno sobre lo que va a suponer el paraguas europeo y sobre la alternativa que supondría su ausencia. Cuando se necesita tanto hay que explicar no ya como se puede devolver, aunque sea treinta años o a cincuenta o a perpetuidad, sino sobre todo como se va a superar la situación, el desequilibrio entre ingresos y gastos. Es inevitable, por eso convendría explicarlo. El rescate es palabra tabú; pues propongan otra equivalente con menos carga emocional.