¿Déficit, deuda…? no seamos cenizos

La tesis oficial del Gobierno y de sus economistas de cabecera es que hablar ahora de déficit y de deuda es de cenizos, de “austericidas” del pasado, culpables de buena parte de los males actuales. ¿Déficit? El que haga falta ¿Deuda?, no importa, se emite perpetua y deja de contar y pesar. Me recuerda a mis nietos que fascinados por los cajeros que dan dinero desde la pared no se explican que no les compren todos los juguetes que les fascinan, ¿será por dinero?

El otro mantra del momento es que hay que activar la demanda, sobre todo con subsidios que serán el cebo de bomba para volver al crecimiento sostenido. ¿Qué mejor activador del consumo que repartir dinero en efectivo directamente al bolsillo de los consumidores? Una tesis muy trasversal, la comparte también Trump, que la ha puesto en marcha el mes pasado. Cualquier resistencia a esa tesis (o dogma) también es de parásitos deslamados y austericidas.

Para reforzar la tesis de activar la demanda recurren a la autoridad de Keynes y su teoría general. No es mal aval, aunque sospecho que si el reconocido profesor de Cambridge levantara la cabeza y conociera cómo se implora su nombre y doctrina, se apresuraría a encerrarse en su estudio para producir otro panfleto como el de “las consecuencias económicas de la paz”, con un título del tipo “consecuencias económicas de la deuda perpetua”.

Una tesis compartida por buena parte de los economistas de distintas tendencias y doctrinas es que ante lo que está cayendo hay que actuar con rapidez y contundencia, incluso sobreactuar porque lo peor sería lamentarse cuando no hay remedio.

La experiencia de 2008-11 (y aquella fue una recesión de distinta naturaleza de la actual, deja claro que les fue mejor a los que sobreactuaron de inmediato (los Estados Unidos) que a los que se dudaron y aplicaron la táctica de “alargar y aparentar”. Las vacilaciones y enredos con el rescate griego son un buen ejemplo sobre lo que no hay que hacer y sobre la importancia de actuar con contundencia.

Pero asumido la urgencia y la contundencia en la respuesta a lo que algunos llaman ya “la Mayor Depresión” sería arriesgado dar de lado la secuencia déficit-deuda-default. Ahora no es el momento para preocuparse de la deuda; de lo que hay que ocuparse es de evitar el desplome del sistema productivo, el deterioro del tejido productivo. La economía española encara esta recesión-depresión (ya veremos) con alguna ventaja y unos cuantos riesgos. Uno de ellos es que llevamos dos décadas de estancamiento de la productividad y de la convergencia efectiva con Europa a pesar de un buen crecimiento comparado y de la sustancial mejora del balance por cuenta corriente, del comercio exterior.

La economía y la sociedad española necesitan credibilidad, confianza, cooperación efectiva del sector público y el privado, objetivos compartidos… en resumen un país movilizado y decidido. El libro para esa tarea está en blanco, ni siquiera abierto.