Controlar los precios de las mascarillas, ¿pésima y contraproducente idea?

El decreto de alarma faculta al Gobierno para tomar decisiones rápidas y eficaces; supone esa centralización que tanto temen los soberanistas e independentistas, pero la emergencia de la situación impone unidad de mando y determinación. El uso que el Gobierno ha hecho de esa facultad/responsabilidad es discutible, ha centralizado y unificado con eficiencia dudosa.

Datos evidentes de esa ineficiencia los tenemos en la gestión del conteo de los afectados y en la de los suministros. Cinco semanas después de la alarma las cifras son dudosas, inconsistentes, las autonomías informan a su manera y hay que recurrir al BOE para ordenar los formatos de información. A estas alturas no sabemos si los infectados son 200.000 o dos millones, si los fallecidos son 20.000 o 30.000. Tenemos poca idea de la trayectoria de los virus, de los inmunizados, de los asintomáticos. En resumen sabemos poco y con tan poca información las decisiones son tentativas. Es cierto que los demás países no lo han hecho mejor, pero también que ninguno lo ha hecho peor y que por lo que vamos sabiendo algunos lo han hecho mucho mejor y, por eso, están en fase de salida del confinamiento.

El otro fracaso de la centralización ha sido el de los suministros. El Ministerio de Sanidad, vacío de contenido y competencias, no sabía comprar de manera que compró tarde, mal y poco. Con el paso de los meses puede que la situación mejore, pero hoy sabemos que el problema lo han afrontado las Comunidades autónomas que sabían comprar porque lo hacen habitualmente. Que lo hicieron mejor las que como en el caso de Valencia, utilizaron intermediarios extraordinarios con conocimiento del mercado chino. Y que las compañías con experiencia (Inditex, Iberdrola, El Corte Inglés…) han comprado mejor que el Gobierno. Incluso iniciativas particulares que se han esmerado y buscado financiación y mecanismo de adquisición han sido más eficaces. Y otro tanto para inducir una producción local alternativa que han aportado soluciones innovadoras.

En resumen, la unidad de mando es útil, necesaria pero no suficiente; se requiere además eficacia, saber hacer, mandar bien. Y eso no ha ocurrido. Han mandado mal. Ahora cuando la cadena de suministros parece asentada y está funcionando van a incurrir en un nuevo error de libro. Imponer controles de precios a suministros como las mascarillas y los test. El argumento es que hay abuso de precios por la escasez. Productos que no costaban un euro se han vendido por cinco o diez. La explicación es muy sencilla, un bien escaso se encarece. Y la solución más sencilla aún: aumentar la oferta, más suministro.

Intervenir el precio producirá el efecto habitual en esos casos: mercado negro y desviaciones de suministro para prolongar la escasez. En vez de advertir que habrá mascarillas, que se van a repartir por tarjeta sanitaria en las farmacias, que es un circuito establecido que funciona eficazmente, se imponen controles que exigirán inspección, burocracia y enredos.

Lo curioso es que los medios y la opinión han asumido el control de precios como una buena iniciativa, para perseguir a los malos (los pérfidos intermediarios) y favorecer a los ciudadanos. Como curiosidad vale el recuerdo de que los loados Pactos de la Moncloa impuso el descontrol de precios, su libertad competitiva. Funcionó, rebajó los precios.