Las conjeturas del FMI, palabra de Dios

Hay pronósticos, conjeturas, adivinanzas e inventos, que las más de las veces interesan en función de su espectacularidad u oportunidad. Esta semana el preceptivo informe de primavera del FMI sobre el panorama de la economía mundial y de los distintos países y zonas, ha concitado los dos factores: espectacularidad y oportunidad. Para el caso español pronosticar una recesión del 8% para este año 2020 (caída del 3% para la economía global y del 7,5% para la zona euro) significa algo extraordinaria, nunca visto ni sufrido. De manera que los noticiarios han otorgado al dato más relevancia que nunca.

El FMI tiene la ventaja de que en materia de pronósticos es algo así como palabra de Dios. Con razón se otorga a los economistas de la institución multinacional sita en Washington el crédito de ser los más fiables, o al menos de los que se fían los demás profesionales dedicados a la tarea del pronóstico. Por eso sus informes marcan la pauta para los demás, que discrepan más o menos en función de sus intereses, capacidades, habilidades, convicciones o conveniencias.

Hasta ahora las estimaciones del impacto de la pandemia en la economía española oscilaban (antes del informe del FMI) entre una caída del PIB este año del 2,5% al 6%, en función de la duración del aislamiento forzoso y de la hibernación de buena parte de la economía. Los informes conocidos apuntaban una recuperación, siquiera leve, durante el segundo semestre de este mismo año. Tras el informe del FMI los analistas revisarán sus informes a la luz de la senda que abre el Fondo y de los nuevos datos sobre la evolución de la pandemia y sus consecuencias que iremos conociendo con el paso de los días.

Sobre el virus parecen favorables las noticias de llegan de China y de otros países asiáticos que son de los pocos que evitarán la recesión este año. Su gestión de la pandemia ha sido la más acertada de las conocidas, aunque las dudas sobre la veracidad de los datos chinos crecen por días. También es esperanzadora la evolución de la enfermedad en los países escandinavos y del este de Europa que han gestionado la crisis con más eficacia que los occidentales a la vista de los datos publicados hasta ahora y sobre todo de la mortalidad.

No obstante es evidente que aún sabemos poco sobre el virus, sobre las probabilidades de réplica, de mutación, y sobre cuándo dispondremos de una vacuna eficaz y de unos tratamientos verificados como acertados. Y  a partir de ese conocimiento aspirar a recuperar la normalidad del sistema productivo es una incógnita, como lo es la valoración de los daños que está sufriendo el tejido productivo, el empleo y la empleabilidad, el cómo y cuándo de la salida de la recesión. También los efectos de la digitalización que antes de esta tragedia amenazaba la supervivencia de millones de empleos. Esta crisis va a acelerar esa digitalización y, por tanto, sus consecuencias.

Con este panorama hacer estimaciones sobre la evolución de la economía tiene más que ver con la conjetura o la adivinanza que con el pronóstico. Con muchos datos se puede escrutar una evolución razonable; muchos datos, buenos datos y matemática avanzada permiten adivinar el futuro. La experiencia actual con el Covid-19 es que los datos son deficientes, poco consistentes, y nada abundantes, lo cual hace que las proyecciones sufran, incluso las del FMI.

Pronosticar el cuadro macro del año es muy arriesgado. Esa caída del 8% del PIB y más de cinco millones de parados para España puede ser muy optimista, o quizá no tanto si la recuperación es, como sueñan los ministros económicos, es rápida e intensa por la eficacia de las políticas económicas aplicadas.

Lo que nos dice el informe del FMI es que la situación es de alto riesgo, sin precedentes, y por tanto requiere liderazgo, audacia, inteligencia, firmeza, confianza. ¿Cómo estamos de semejantes activos? Si los informes del Fondo son palabra de Dios, queda aplicar el cuento y remar.