La secretaria de comunicación yerra, pero no rectificará

Las relaciones entre las dos partes de la sala de prensa de la Moncloa (portavoces del gobierno y periodistas) nunca han sido amistosas. Así debe ser. A veces se producen acercamientos, incluso compadreos, al fin de cuentas el roce produce cariño; pero lo normal es que haya tensión y crítica; la insatisfacción reciproca es señal de salud democrática.

El actual secretario de Comunicación no se escapa a ese diagnóstico que se agrava por el hecho de que Oliver fue periodista antes que oficial del gobierno. Normalmente los periodistas no son los mejores para ese puesto, no está clara su condición: periodista o portavoz oficial, lo cual induce confusiones, decepciones e incomodidad. Oliver se ha quejado de los “compañeros” periodistas. Nada nuevo; lo mismo ocurrió con alguno de sus predecesores.

Ahora la tensión surge por el nuevo formato de las comparecencias de prensa en Moncloa, monitorizadas por Oliver por mor de las circunstancias, del aislamiento. El formato es irregular, anómalo, insólito e inaceptable por principio. Debía haberse rechazado desde el primer día. No se hizo y ahora todo es más complicado y va a provocar disensiones entre los propios periodistas, que es lo peor para la profesión (y para la ciudadanía) y lo mejor para un gobierno mediocre, tentado del gato por liebre, de aparentar una transparencia que esconde opacidad.

En estos momentos la sala de prensa de la Moncloa es un ejemplo de opacidad con apariencia de lo contrario. Nunca hubo tantas comparecencias, pero tampoco tanto déficit de respuestas por ausencia de preguntas. La anomalía ha producido situaciones ridículas, algunos mítines en el lugar y el momento más inadecuados.

El mérito para Oliver es que ha abierto el turno de preguntas a muchos medios, hasta 256; riego por inundación. Una mejora el control del gobierno por incremento del número de participantes. Es obvio que no es así, que el efecto es el contrario. De hecho el modelo atribuye un poder desmesurado al presunto moderador, a Oliver, ya que selecciona, ordena, conduce… las preguntas y ampara la ausencia de respuesta, sustituidas por discursos preparados. La acumulación de poder siempre corrompe, anular los contrapoderes conduce a la autocracia.

Trump es el presidente más nocivo y perverso en su relación con la prensa. Expulsa periodistas, rechaza preguntas, increpa… pero no se ha atrevido a organizar la sala de prensa de la Casa Blanca como la pareja Sánchez-Oliver ha hecho en la Moncloa. Ganar a Trump en la carrera de neutralizar periodistas no era sencillo. En Madrid lo han conseguido, ¡Hurra para Sánchez-Oliver!

Las organizaciones profesionales y los periodistas acreditados en la Moncloa han ofrecido alternativas para revertir la anomalía. Ni caso. Algunos medios han decidido no participar en el simulacro, pero no todos, no son estos tiempos para tener ordenadas las prioridades.

El único formato razonable es el de siempre: periodistas competentes que preguntan. Como no caben todos los medios existentes, incluidos los digitales que pueden disponer de un periodista precario y dos becarios mal pagados, a esa sala de prensa de Moncloa (o de la Casa Blanca, o de las salas equivalentes en los países democráticos) deben entrar y participar los periodistas acreditados, los de medios dedicados a la información política, los que se dedican a eso y viven de ello.

Ahora son tres docenas los periodistas acreditados en la Moncloa; a ellos compete la tarea de control, que hoy les está vedada por un ejercicio autoritario y discrecional de poder que no es de recibo. Un error grave el de Oliver, que no va a rectificar. Hacerlo requiere desplegué de una inteligencia práctica que no abunda; también de principios democráticos y profesionales (que tampoco).