El BOE trabaja a tope

La avalancha legislativa de estas dos últimas semanas, las de vigencia del “estado de alarma”, es abrumadora; especialmente durante los dos últimos días. A las primeras disposiciones para hacer frente a una pandemia han seguido las disposiciones complementarias de concreción, ampliación, corrección y rectificación en no pocos casos. La maquinaria legislativa de la Moncloa trabaja como nunca antes tratando de dar legalidad, coherencia y coordinación a demasiadas decisiones e iniciativas. Además del despliegue comunicativo de declaraciones diarias de varios Ministros explicando la situación y las decisiones y las explicaciones de fin de semana del Presidente del Gobierno que pretende contextualizar la estrategia para hacer frente a la crisis, los preámbulos.

Valorar ahora las medidas adoptadas estos dos últimos días que van de la hibernación del sistema productivo, al que parece el mayor despliegue de subsidios de la historia, con objeto de mitigar los efectos de la pandemia en sectores sociales afectados en sus ingresos y calificados como “vulnerables”, un concepto indiscutible mientras no entramos en detalles. Preocupa semejante despliegue presupuestario sin los preceptivos informes económicos ni evaluación de costes y de modelos de gestión efectiva, porque ahora no estamos para semejantes detalles. La situación es de urgencia sanitaria y bajo esa premisa decaen las demás consideraciones.

La vicepresidenta Calviño insiste en que el dilema sanidad o economía (cañones o mantequilla) es falso; que las dos prioridades están estrechamente vinculadas como las mejores salsas mezclan sus ingredientes hasta hacerles inseparables. Efectivamente, los efectos económicos serán menos letales a medida que la enfermedad lo sea. Parar el virus es condición previa a todo lo demás, evitar una salida falsa de la emergencia sanitaria es esencial para que el efecto económico sea menos grave. Pero tan obvio como eso es que asumir compromisos no financiables complicará la recuperación con consecuencias perversas para quienes han asumido la responsabilidad de gestionar la crisis.

Una de las lecciones de esta pandemia es que hay que tomar decisiones en el límite, sin garantías, cuyo acierto o error solo se mide por los resultados. ¿Cuándo y con qué profundidad había que aplicar el confinamiento? ¿Fue tardío? Las experiencias de otros países muestran contradicciones. Suecia no ha hecho lo mismo que Noruega y Finlandia y los resultados, por ahora, son semejantes y positivos. Alemania y Francia no han aplicado la misma estrategia y los resultados parecen más favorables a los primeros que los segundos. Parece obvio que Corea y Singapur han mitigado los efectos de la pandemia, son casos exitosos. Y es presumible que los datos de China sean inverosímiles.

A la vista de los datos declarados, cuya consistencia es muy dudosa, lo que resulta evidente es que el caso español es el peor de todos, tercer país en número absoluto de infectados (tras EEUU e Italia) y segundo en fallecidos (tras Italia); pero primero en todo en proporción a la población. Y eso es imposible de explicar con la información disponible y el discurso oficial no aporta argumentos.

No es este el momento de criticar al que lleva la manija, tampoco el de descalificar a la oposición que no sabe cómo apoyar o como censurar. Pero si es momento de tomar nota para pedir explicaciones en su día, para exigir responsabilidades y para aprender para la próxima. En cualquier caso, tanto despliegue de BOE resulta inquietante, los excesos dañan y las promesas incumplidas pasan factura.