Pedro Sánchez satura las pantallas 

El sábado Pedro Sánchez pronunció ante las cámaras de televisión, en casi todas las cadenas, uno de los discursos más largo de la historia reciente; más cerca de la retórica de Fidel que la de la canciller Merkel que necesitó poco más de diez minutos de televisión para apelar a los alemanes. Sánchez tiene un estilo retórico muy barroco (ya lo escribí en este espacio el pasado martes), reiterativo y disperso. No me parece efectivo, pero es lo que hay. La larguísima intervención del sábado (sin precedentes) me pareció, a bote pronto, la mejor de las que ha protagonizado hasta ahora. Lo dije en twitter  y no han sido pocos los que se han molestado. El sábado Sánchez destapó una emoción que nunca había manifestado y me pareció oportuno, mejor que la retórica anterior.

Pero el domingo ha vuelto a lo mismo, con poca información, sin autocrítica, sin realismo, con una autocomplacencia revestida de falsa humildad, que a mí me resulta decepcionante, incluso irritante. A lo largo de las últimas cinco semanas el Gobierno ha cambiado de estrategia para afrontar la pandemia: de quitar importancia a calificarla de guerra; de medidas cautelosas a radicales. No es el único que lo ha hecho, casi todos los gobiernos han hecho otro tanto. Los chinos ahora parecen acertados, pero hace un mes eran severamente criticados. No digamos Italia, ni los ridículos de Boris o Trump y las tibiezas iniciales de Merkel y Macron.

Sánchez y los portavoces oficiales llevan días esquivando las preguntas sobre el suministro de equipos sanitarios a los hospitales y a los profesionales que hacen frente a la pandemia en primera línea. Es obvio que han faltado los equipos, que las decisiones de compra han llegado tarde. Y es incomprensible que no sean capaces de precisar cuántos, cómo y cuándo van a llegar esos equipos a su destino. Hemos visto las imágenes de los pallets donados por algunas empresas como Inditex, pero ni una de los equipos del Gobierno como resultado de la compra centralizada que se decidió hace ya dos semanas.

El Gobierno ha decidido saturar las pantallas (y el resto de medios, aunque son secundarios) con varias comparecencias al día de portavoces oficiales con el Presidente a todas horas. Es la transparencia que figura en todos los manuales. Pero el contenido de fondo, las líneas gruesas que son responsabilidad del Gobierno no están claras. Sánchez insiste en que ha hecho caso de la OMS y de la comunidad científica. Pero la verificación de esa afirmación la debilita, no es cierto que se hiciera caso a la OMS en febrero, ni durante los primeros días de marzo. Se ha perdido mucho tiempo, el que ahora reclama Sánchez.

Es evidente la respuesta social y profesional de los sanitarios, los militares, los policías, el comercio, la distribución y la ciudadanía. Este país funciona; los insurrectos y los incompetentes son muy pocos, casi irrelevantes. Y entre los que merecen nota sobresaliente no me parece que esté el gobierno que ni acertó en la previsión, ni en la primera respuesta. En Moncloa dan prioridad a la imagen, a la propaganda; saturan las pantallas sin darse cuenta de que los excesos dañan, se vuelven del contra del que satura. Sánchez es marxiano (de Groucho), es capaz de cambiar de principios si hace falta y hacerlo sin despeinarse, sin pedir disculpas. Puede ser un mérito en la actual política líquida, pero también corre el riesgo de que se le vea el plumero, que el personal no compre la mercancía y le califique de bocachanclas.