El calvario de los bancos en los tribunales

Es un tópico recurrente el del “poder de la banca”, uno de los tres mal llamados poderes fácticos (Banca, Ejército e Iglesia). Ninguno es lo que fue, ahora tendríamos que escribirlos con minúscula. La prueba de realidad para la Banca está en sus avatares recientes por los tribunales a cuenta de los créditos hipotecarios, las obligaciones preferentes y los créditos al crédito (el llamado revolving), entre otras figuras. En todos estos casos los banqueros fueron poco cuidadosos a la hora de diseñar y comercializar esos productos, todos ellos importantes para su negocio.

Mal diseño y peor comercialización porque no tuvieron en cuenta que el derecho del consumidor es una rama nueva del derecho que pretende corregir lo que el teoría económica se llama “información asimétrica”, que es aquella en la que una de las dos partes en una transacción (comprador o vendedor) tiene ventaja, información privilegiada. La modelizó un premio Nobel con la tesis de “los limones”, resultado del análisis de transacciones de vehículos usados: el vendedor sabe más del coche usado que el comprador, conoce sus defectos, los accidentes sufridos, las averías… y el comprador tiene que confiar en lo que le informen bien.

En la actividad financiera también hay asimetrías entre vendedor y comprador, entre banco y cliente. Quizá no tantas como en el mercado de coches usados, pero existen, sobre todo por la confianza del cliente que estudia poco sus operaciones. Los jueces, en casi todas las instancias, han determinado a lo largo de los últimos años que los bancos han abusado de la confianza de sus clientes al colocar productos con explicaciones insuficientes.

Explicaciones que en muchos acasos los clientes no requirieron, no estaba en los usos y costumbres, firmaban sobre la línea de puntos que les indicaban. Tan contentos estaban de obtener un crédito o invertir su ahorro, que les resultaba enojoso y pesado leer las pólizas, analizar los riesgos o, sencillamente, preguntar las consecuencias.

Los jueces han decidido proteger al consumidor, disculpar su ignorancia, desinterés o despiste. Que paguen los bancos. Así ocurrió con las preferentes (cuya denominación era inadecuada porque no eran preferentes para el cliente, más bien obligantes). Otro tanto para las claúsulas suelo de las hipotecas, que pasaban desapercibidas para el deudor que no leía las claúsulas o no se enteraba o no preguntaba o no quería enterarse. En este caso el derecho del deudor es discutible, su deber era enterarse, pero los jueces han decidido protegerles frente al poder y la arrogancia bancaria.

Más claro es el caso de los créditos de créditos, llamados “revolving”, que suena técnico y fino. Los jueces han fallado que esos créditos cursaban con usura. No les falta razón a la vista del tipo de interés efectivo y del modelo que significa una especie de crédito perpetuo, sin garantías, que se realimenta y funciona como una cárcel obligatoria con condena creciente. Es cierto que el beneficiado (inmediatamente convertida en víctima) tenía que saber dónde se metía, pero ofuscado por la necesidad firmaba lo que le ponían delante si eso le sacaba del apuro.

Tras estas penosas experiencias los banqueros aprenden ahora que deben contener esa “creativa peligrosa”, la “innovación ingeniosa” alentada por la codicia y cierta superioridad. Proteger al cliente está en el ADN de los buenos banqueros, en realidad viven de los clientes y maltratarlos con abuso solo conduce a la destrucción de su negocio. Ahora los tribunales, incluso con exceso, ponen las cosas en su sitio. La usura y el obscurantismo son sinónimos de malos banqueros, los que no creen en el cliente y se aprovechan de él. También hay clientes que se las traen… olvidadizos y aprovechados.