SMI, tópicos y evidencia empíricas

Un Salario Mínimo Interprofesional (SMI) de 950€ mes (13.300 € año) es el fruto más efectivo del actual gobierno. Un aumento del 5,5% este año que acerca el objetivo de alcanzar en SMI del 60% del salario medio esta legislatura. Objetivo en fase de cumplimiento con el añadido de que cuenta con el apoyo de sindicatos y patronal que manda un mensaje de consenso en un período poco propicio al acuerdo.

Elevar el SMI forma parte de los mantras de este “gobierno progresista de izquierdas” que rechaza la tesis de que fijar suelo a los salarios puede producir efectos perversos en el nivel de empleo. Una tesis que forma parte de la lógica del equilibrio en las curvas de oferta y demanda. Una apreciación teórica que tiene poco debate aunque cuenta con muchas matizaciones a la hora de la aplicación efectiva.

Los partidarios de elevar el SMI sostienen ahora que el salario mínimo no afecta al nivel de empleo, que no reduce el empleo ni incentiva la economía sumergida. Para concluir el debate sostienen que no hay “evidencias empíricas” para sostener la interrelación entre empleo y salario mínimo. Lo de “evidencia empírica” es un concepto, un marco nuevo. Lo utilizan todos los defensores del incremento, encabezados por la ministra de trabajo que se ha prodigado en declaraciones en los medios durante los últimos días.

Frente a esa tesis hay estudios técnicos desde los del servicio de estudios del Banco de España, del BBVA, de la AIREF… también de la OCDE, del FMI, de universidades, sindicatos, patronales y consultores de todo tipo que sostienen que hay efectos en el empleo aunque para evaluarlos hay que tener en cuenta distintos factores y un espacio temporal razonable.

Las dos tesis extremas: tanto la de que a más SMI menos empleo como la de que aumentar el SMI no tiene efectos perversos, son insostenibles por absurdas. Si fueran ciertas bastaría con rebajar el SMI para conseguir pleno empleo, o que doblar o triplicar el SMI no tendría consecuencias en el empleo, y aumentaría el consumo acelerando el crecimiento. Ambas posiciones son insostenibles por tanto convendría ir con cautela con eso de las “evidencias empíricas” que son escurridizas.

Para el SMI conviene tener en cuenta el concepto de “salario de eficiencia”, sobre el que ha investigado con fuste la antigua presidenta de la Reserva Federal, la señora Yellen. Desde luego no es eficiente un salario que no ni siquiera para sobrevivir o hacerlo con dignidad y suficiencia. Y tampoco es eficiente un salario mínimo que convierta el coste laboral en un factor crítico de la actividad que lleve a sustituir empleo, sumergir la actividad o deslocalizar el trabajo.

Aplicar políticas graduales y evaluarlas en el corto y medio plazo para rectificarlas, acentuarlas o matizarlas suele ser la estrategia prudente que conduce al éxito. Desgraciadamente muchos políticos no evalúan sus decisiones y sacrifican la prudencia a la espectacularidad. Gustan de tomar medidas que no tienen costes directos apreciables pero que provocan aliados y aplauso, sin esperar consecuencias.

Convendría tener más cuidado a la hora de utilizar ese concepto de “evidencia empírica” en términos propios, es decir exponiendo esas evidencias con datos concretos, con ejemplos micro y testimonios de implicados. Lo que ha advertido el presidente extremeño está más cerca de las evidencias que la posición de la ministra de Trabajo que con la mejor voluntad puede desplazarse hacia las palabras vanas y vacías. Colocar el SMI en la media europea, en ese 60% (o 66% o 75% o…) del salario medio es razonable, pero con evidencias empíricas de verdad.