La eterna retórica de las tomas de posesión

La edad proporciona experiencia, repetición. Por eso he repasado las sesiones de relevo de Gobierno, con las correspondientes “tomas de posesión” en los Ministerios. Siempre con la misma liturgia y retórica desde que guardo recuerdo. Empecé mi vida profesional en el periodismo con el primer Gobierno de Arias Navarro, el penúltimo del Franco. Y de entonces acá otras 18 tomas de posesión, incluida la de ayer lunes. Todas responden al mismo procedimiento y emoción.

De oficio el/la Ministro/a saliente entrega, emocionado/da, la cartera (nueva y brillante) al entrante que está más emocionado aún. Asisten familiares, amigos, colaboradores, altos cargos y unos cuantos buscadores de favor o justicia. Palabras emocionadas, muchos abrazos y algunas lágrimas. Algún caso hubo en el que el decepcionado saliente no asistió al acto protocolario, pero son excepciones, desahogos. Ayer todos estuvieron en su sitio, incluidos los cuatro que han alcanzado la vitalicia categoría de exministros.

Entre las cuatro “ex”, una de ellas goza de nuevo y polémico destino: la Fiscalía General del estado. Para Valerio, Guirao y Carcedo les queda, respectivamente, asiento en el Congreso por Guadalajara, Almería y Asturias, y la cuantiosa pedrea de puestos de los que dispone el Gobierno en sucesivas rondas. Por ahora Pedro Sánchez ha generado pocas decepciones entre cuantos han sido sus colaboradores a lo largo de su carrera política; como su capacidad ha crecido ha dispuesto de buena despensa pública para compensar la lealtad.

De Felipe González se decía que le costaba despedir Ministros, que la llamada para el cese le resultaba insoportable. Y algo parecido les pasaba a los demás Presidentes, cada cual a su manera, ya que sus talantes (los de Aznar, Zapateo, Suárez o Rajoy) son poco coincidentes. Leopoldo Calvo Sotelo no tuvo tiempo para renovar el gabinete.

Seguramente no hay otra forma ni otra retórica para los relevos de Gobierno, incluida la fatal cursilería de las sentidas palabras de salida y entrada. Los que salen agradecen la lealtad de los colaboradores, y los que entran el detalle del que les nombró; además prometen atención a los que van a mandar y, a veces, incurren en el tópico de que van a esforzarse por hacer historia y llegar más lejos que sus antecesores. Por ejemplo van devolver a España el puesto que merece en el concierto de las naciones (¿no lo hicieron los anteriores?).

En segunda ronda los nuevos suelen caer en la tentación de pasar factura al Gobierno anterior (el del partido adversario) que no hizo nada bueno y creó algunos de los problemas que van a tener que resolver. El discurso de la “herencia recibida”. Todo bonito y escasamente ejemplar. No faltan las citas eruditas, preferiblemente de conocidos poetas, aunque en eso nadie supera al recordado Paco Fernández Ordoñez (Pacordoñez) que era estilista del género.

Todos los nombrados pasan por la metamorfosis que incluye el cargo, levantan el mentón y se sienten más altos e importantes. Entra en sus mentes el concepto de responsabilidad y trascendencia. Y a todos ellos hay que aplicar el evangélico principio del “por sus obras les conoceréis”. Todos merecen, de entrada, confianza y respeto.