Ana Botín se explica desde el glaciar

Los banqueros practican la discreción, se exponen poco; va en la naturaleza de su trabajo. Les envuelve cierta magia, la de gestionar dinero, y pasan por personas poderosas o influyentes aunque también atraen críticas y baja valoración en las encuestas de reputación. El apellido Botín conduce inmediatamente al añadido: banquero; también a Santander que es la marca de su banco. Ana Botín es la tercera (en realidad cuarta) de una saga familiar de banqueros que han presidido y agrandado el banco Santander, el mayor de España y uno de los mayores del mundo, calificado de banco sistémico, es decir demasiado grande para fracasar.

Entre los inversores profesionales, grandes fondos, las sagas de empresarios y banqueros, sobre todo cuando encabezan empresas públicas (cotizadas con muchos accionistas) no están bien vistas, dudan de la gobernanza profesional y recelan de la gestión. Cuando Ana Botín llegó a la Presidencia, tras el inesperado fallecimiento de su padre, el síndrome de la saga familiar cotizó regular. Ella y el banco anotaron que tenían que superar esa sombra, y lo tienen ahora más presente que nunca porque la próxima junta general debe revalidar su nombramiento y esperan que sea por abrumadora mayoría, sin reservas de esos fondos de inversión exigentes con la gobernanza que ponen condiciones genéricas a la hora de votar. No hay dudas sobre la renovación, pero se trata de que sea rotunda.

No son frecuentes las entrevistas a banqueros salvo en medios especializados, además de las exigentes comparecencias periódicas antes analistas, accionistas y profesionales, sin excluir testimonios ante comisiones parlamentarias de distinto tipo. Lo infrecuente son las aproximaciones personales que buscan conocer el carácter, la personalidad e incluso la privacidad.

Ana Botín ha tenido malas experiencias con los medios, sus apariciones han sido polémicas y le han traído problemas. Por eso ha cuidado mucho esta faceta hasta hoy. Eligió un espacio peculiar y por eso peligroso: un programa de televisión dirigido por un simpático aventurero, muy profesional: un programa por el que han pasado políticos en busca de promoción. Ana Botín más que promoción buscaba reputación, humanización; eso que los banqueros necesitan hoy como el aire.

El guion elegido, el marco, ha sido el cambio climático, los glaciares de Groenlandia. Tenía riesgos, pudo salir cursi, impostado y artificioso pero los 90 minutos editados (tras tres días de grabación) dieron un resultado que me pareció brillante y convincente. La presidenta del Santander se explicó con naturalidad y claridad. Contó su vida, su educación, su entorno familiar, las relaciones con sus padres, no exentas de una tensión que reconoció con naturalidad, y su propia familia, con presencia de su marido tras 35 años de matrimonio.

Sin aspavientos la banquera se declaró feminista y ecologista por razones de justicia y utilidad. Reclamó equidad para competir con los modelos financieros que surgen con la digitalización; advirtió que para rescatar las cajas averiados su banco, sus accionistas, han pagado una buena parte de la factura; y señaló que desde 2012 su banco no ha desahuciado a ninguna familia por impago de hipoteca de primera vivienda. Ana Botín corrió la cortina de su vida profesional desde tierra tan lejana como Groenlandia, demostrando buena forma física, y una empatía a la que contribuyó Jesús Calleja con preguntas ordenadas que propiciaban las explicaciones.

Mediaset puso todas las cadenas del grupo al servicio del Planeta Calleja (no recuerdo precedente) para lograr un 20% de cuota de pantalla (más de dos millones de espectadores) que pudieron sacar sus propias conclusiones sobre la personalidad de una de las mujeres más influyentes del mundo.