El error de desdeñar la fortaleza del Estado

A Oriol Junqueras y a buena parte de los indepes más entusiastas no les cabía en la cabeza que sus actuaciones podían tener consecuencias penales, que podían ir a la cárcel. En su imaginario ese Estado que se llama España es un estado débil, casi fallido, que a poca presión que ejercieran por la vía de los hechos consumados (la unilateralidad) la fruta caería madura del árbol. Cuando algunos les advertían que podían ir a la cárcel si seguían por la vía unilateral le decían que eso no era posible. Pero ocurrió, pese a la tolerancia de los sucesivos gobiernos a la hora de requerir el cumplimiento de las leyes dando oportunidades solo al apaciguamiento, a la cesión sucesiva de competencias y facultades más allá de las previsiones legales. El apaciguamiento consiguió lo contrario de lo que pretendía.

Ante hechos consumados flagrantes el Estado débil despertó, empezando por los fiscales y los magistrados, que son Estado. Las acusaciones de los jueces de la Audiencia Nacional, del Tribunal Superior de Cataluña, de otros Tribunales de menos rango y finalmente del Supremo acreditaron que ese Estado no era tan débil, y Junqueras y sus compañeros de aventura acabaron en prisión y, luego, condenados. Pequeñas victorias procesales en Tribunales de otros países mantiene aún un hilo de ilusión y de esperanza sobre su vieja creencia sobre la debilidad del Estado. Lo más probable es que a medida que avancen los procedimientos esa creencia se desvanezca; como se desvaneció la convicción de que los países importantes se apresuraran a reconocer al estado catalán, o que los inversores castigarían la prima de riesgo del Reino de España.

Los gobiernos, ahora el de Sánchez y antes el de Rajoy, han sido contemporizadores, la política empuja esa vía; la experiencia de las últimos décadas aconseja la "conllevancia" que defendió Ortega hace cien años. Se llama pragmatismo que ha servido aunque quizá ha tocado techo. Además entran en juego las instituciones, el poder judicial menos manipulable de lo que algunos pretenden. Incluso los altos cuerpos del estado que están jerarquizados, que concluían sus informes con una fórmula tácita, antigua, "salvo mejor opinión de la superioridad", pero que como recordó ayer la nota de los abogados del Estado la matriz básica de su actuación está en la aplicación e interpretación cabal de las normas que son las que fijan los límites y las reglas del juego.

ERC para propiciar la investidura de Sánchez ha pedido, pide precio, siquiera gestos: no es posible la unilateralidad, ni el referéndum de independencia, ni la libertad de los presos condenados... así que esperan gestos que han concretado en un informe amable de la Abogacía del Estado que parecía fácil de lograr, pero que se ha puesto complicado por las interpretaciones. El débil Estado llamado España es más sólido de lo que los "indepes" imaginaron; y como han ido demasiado lejos el retorno es más complicado del que pueden aguantar.  Desdeñar el poder del Estado supone un viaje peligroso. También para el resistente Pedro Sánchez.