El incierto sistema electoral británico

Por estos lares es frecuente criticar el sistema electoral al que se achacan algunos de los males de la actual democracia. Es una buena excusa que propicia una explicación simple a un problema complejo. No son pocos los arbitristas que sostienen que cambiando la ley electoral se arreglan los problemas. No es cierto, todos los sistemas electorales son imperfectos, unos más que otros. ¿No lo es el norteamericano, tan experimentado y alabado, que permite que sea presidente el candidato con menos votos populares, pero que logró más votos presidenciales en el colegio electoral federal? ¿No lo es un sistema que premia al partido con más votos con unas primas de mayoría que van contra la proporcionalidad? Otro de los sistemas con más recorrido es el británico, también elogiado por algunos por su riguroso predominio de la mayoría, pero muestra también agujeros evidentes que complican las previsiones.

Es sabido que el sistema español, proporcional corregido, en realidad es el agregado de 52 sistemas provinciales con evidentes asimetrías que se evidencian en el número de votos que asignan escaño que oscilan entre cien mil y 15.000 según provincia. Aun así consigue un resultado que se acerca mucho a la proporcionalidad con la limitación que suponen los distritos provinciales ordenados por la Constitución.

El caso británico, mayoritario a una vuelta, es más extremo y produce desproporciones evidentes. Se trata de 650 votaciones en otros tantos distritos electorales (533 en Inglaterra, 59 en Escocia, 40 en Gales y 18 en Irlanda del Norte) Distritos que fija una Comisión Electoral independiente del gobierno. A cada uno de esos distritos concurren candidatos de los distintos partidos para lograr un escaño. Gana el que más votos obtenga, aunque no alcance la mayoría. El primero se lo lleva todo. Esa es la lógica del sistema. Los franceses corrigen con una segunda vuelta de favoritos, pero no es ese el modelo británico.

Ventaja del modelo británico es que vincula estrechamente al candidato a su distrito, pero en ese punto acaban las ventajas. Los partidos mayoritarios gozan de preferencia si se imponen al competidor y se estrellan si van por detrás. Vale el dato de que en las últimas elecciones los conservadores con el 42% de los votos obtuvieron el 49% de los escaños; mientras que los nacionalistas escoceses con el 3% obtuvieron el 5% de los asientos y los liberal-demócratas con el 7,4% de votos no lograron el 2% de los escaños. Los laboristas cuadraron: 40% de votos y 40% de asientos.

Las encuestas ahora dan a los conservadores una cómoda ventaja en votos pero eso garantiza poco; ya pasó en las dos últimas elecciones (y en otras anteriores) que los pronósticos no se confirmaron. El día 12 los británicos van a votar con el Brexit en el guion, pero también con las políticas económicas y sociales en la agenda, con posiciones bastante diferenciadas entre los dos grandes partidos tradicionales.

Un escenario posible es el actual, sin mayorías suficientes, que pueden abrir, más bien alargar, una etapa de inestabilidad que casa mal con la historia reciente del Reino Unido. Otro factor de incertidumbre para la atribulada Europa.