Un debate campanudo y demagógico

Lo más serio del debate fueron los moderadores en su modesto y limitado papel de guardias de tráfico de turnos y tiempos. Por el contrario el escenario improvisado (y muy costoso) resultó penoso, los atriles empequeñecían a los debatientes y actuaban como muros y los encuadres fueron mediocres, anticuados y poco ambiciosos. Una pésima realización.

De todos los debates de este porte que hemos conocido a lo largo de los últimos 40 años me parece que este fue el peor, en la forma y en el fondo; el de menos contenido y densidad, aunque haya sido el más largo. El más áspero, más incluso que los que protagonizaron Aznar y Felipe o Rajoy frente a Sánchez. En esta ocasión todos fueron contra todos con alevosía, a la yugular, sin la menor empatía. Ni paz, ni perdón, ni piedad, al servicio solo de bajas pasiones. Cuando el modelo político al que estamos abocados es de negociación y acuerdos, de ceder y consensuar el tono del debate fue de perpetua confrontación sin límite.

Todos fueron campanudos, asentados en sus trincheras, dedicados a descalificar a los demás sin escuchar, sin argumentar, sin rebatir; ninguno hizo propuestas realista, consistentes, posibilistas, incluida toda la lista de promesas que hizo Pedro Sánchez más retóricas y oportunistas que otra cosa.

Las intervenciones fueron previsibles, a la vista de lo que vienen diciendo los candidatos, pero también exageradas, tronantes e insostenibles a poco que se vaya al detalle, al fondo de las propuestas, sobre todo si tuvieran que cumplir lo que prometieron.

La mercancía servida a lo larga de las casi tres horas de debate están muy averiadas, especialmente las de los dos partidos más populistas: Podemos y VOX. Las argumentaciones de Iglesias no resisten la más leve interrogación, y otro tanto para Abascal que soltó toda la ristra de tópicos de la extrema derecha que no resisten verificaciones pero cuelan para los debates de taberna, para las explicaciones fáciles y “conspiranoicas” que convencen a los que no quieren pensar ni reparar en detalles.

Lo peor del debate es el bajísimo nivel intelectual acreditado por todos los participantes. Buenos para el debate y la confrontación campanuda pero poco válidos o útiles para entender los problemas, sus causas y los tratamientos convenientes. Ni en inmigración, ni en pensiones, ni en empleo, ni en demografía… los candidatos acreditaron estar al tanto de la literatura académica, de los documentos técnicos disponibles. La suma de compromisos de gasto público expuestos por los candidatos es inasumible, hablan por hablar, buscando efectismo, apariencia pero sin fundamento.

La pretensión de Sánchez de que gobierne la lista más votada aunque sea minoritaria, es infantil, irresponsable; ¿cómo va a gobernar si no puede aprobar un presupuesto o un proyecto de ley? ¿cómo gobernar si los demás le pueden imponer acuerdos parlamentarios lesivos para el gobierno?

Lo conveniente, lo necesario es alcanzar un acuerdo de investidura y de gobierno sostenido con confianza y lealtad. Pero visto lo visto, oído lo oído no hay resquicios para la confianza y la lealtad. Un debate decepcionante, desasosegante cuyo único resultado tangible es la presencia tronante de la extrema derecha con sus tópicos conocidos que nadie osó rebatir. Solo Rivera expuso una argumentación en favor del libre comercio para contribuir a la civilización y el progreso, pero luego se entregó a las argucias de la retórica, más desmelenado que centrado.