Un sábado entre Oviedo y Barcelona (de lo estimulante a lo decepcionante)

La tarde del pasado sábado, fruto del azar y de la necesidad, proporcionaba a los espectadores dos escenarios simultáneos y divergentes, muy ilustrativos, hasta ejemplares. Dos momentos para meditar y para tratar de entender la diversidad.

En Oviedo la entrega de los premios princesa de Asturias permitía observar y escuchar un acto con discursos que inducían a pensar, palabras estimulantes de personas muy diferentes. En Barcelona y en las otras capitales catalanas el guion era diferente, manifestaciones multitudinarias de ciudadanos convencidos y emocionados que protestan por una sentencia y al lado acciones subversivas de comandos organizados para enfrentarse a la policía y, de paso, incendiar la ciudad.

Los discursos de Oviedo, todos ellos, proporcionaban una curiosa e infrecuente imagen de diversidad, de pluralismo, de feminismo, de inclusión, la educación… con proyectos en marcha. Discursos feministas e igualitarios desde la literatura; ecologistas desde las ciencias de la naturaleza. Testimonios sobre el valor de la educación y la superación o el arte como espejo de una sociedad. El discurso del Rey centrado en la importancia de la cultura para hacer país, sociedad abierta con capacidad para progresar. Y, finalmente, el discurso primerizo de una adolescente de 14 años, Leonor Borbón Ortiz, consciente de una responsabilidad que le toca por mandato constitucional, conforme a unas leyes democráticas, y para la que se prepara con diligencia y vigilancia de sus mayores. Lo de Oviedo fue muy formal, previsible en gestos y liturgia, pero con la incertidumbre del contenido de los discursos que fueron generosos en el elogio de la cultura como sustrato de la sociedad. No les oculto que me ha sorprendido el poco interés que ese acto ha despertado en los medios, especialmente entre los comentaristas.

La otra cara estaba en Barcelona en la manifestación oficial y en las algaradas oficiosas; todo ello con el mismo origen y pretensiones. Si lo de Oviedo era movilizador e ilusionante, lo de Barcelona era decepcionante, sobre todo cuando se miraban los rostros, se atendían las proclamas, los lemas y los gestos. Las gaitas frente a los adoquines. Todo en el mismo país y a las mismas horas.