El relato del pacifismo  “indepe” hace aguas

Ya lo dijo Maquiavelo lo complicado no es conquistar los reinos, sino mantenerlos y engrandecerlos. Construir un relato es complicado, pero más lo es mantenerlo y consolidarlo. El “relato indepe” se hizo paso a paso durante cuarenta años (ahora paciencia, mañana independencia) con una estrategia bien diseñada, golpe a golpe y verso a verso. Un relato y además la construcción de una hegemonía (Gramsci) que ocupa todos los rincones de la sociedad (la universidad, la escuela, los medios, la historia, las asociaciones, las cámaras, los púlpitos…). Y todo eso se ha hecho ante la indiferencia del adversario (de España) que nunca quiso comparecer.

El problema del relato “indepe” está en los supuestos, principalmente el de que España cedería, se arrugaría, por la fuerza del independentismo y la presión internacional.  Además, sostenían, cuentan los errores del españolismo que, acaban ayudando a la causa. Un supuesto insuficientemente fundado, sin soporte en la historia y con pocas probabilidades. La historia del independentismo catalán, que está bien estudiada, es la de sucesivos fracasos por méritos propios, por errores de cálculo durante los últimos dos siglos, incluso más atrás.

Además de la debilidad del argumento sobre la debilidad de España otro de los cimientos del relato estaba en su pretensión de “pacifismo genético”. Está probada la capacidad escénica de los “indepes”, lo han acreditado durante los últimos años con sucesivas manifestaciones perfectamente organizadas que han arrastrado a mucha gente convencida de la legitimidad y derecho de sus aspiraciones. ¿Cómo no vamos a ganar si tenemos razón, si somos buena gente? Ese ha sido un argumento reiterado que convenció a los convencidos.

El desarrollo del referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017 reforzó los dos argumentos anteriores: los españoles se portaron mal, fracasaron en el intento de impedir el referéndum ilegal y además utilizaron violencia contra el pacifismo “indepe”. No era cierto, pero podía parecerlo, sobre todo a los convencidos (los hiperventilados), a los soberanistas históricos, a adheridos recientes y a los regionalistas fraternos (debo la definición de esas cuatro categorías a la literatura indepe). En esas categorías estimaban que estaban comprendidos un tercio de los catalanes. Otro tercio corresponde a los “impermeables” al soberanismo y a los “españolistas”. Y entre medias el tercio de los “indecisos” a los que hay que convencer de que el independentismo les irá bien, que España no merece la pena, que los europeos son los catalanes y que el mundo les contempla con simpatía.

Los sucedido esta semana revienta el relato y complica el apostolado con el tercio indeciso que en vez de percibir oportunidades en el “procés” percibe inconvenientes, que el paraíso prometido tiene mucho de purgatorio, que España no es tan débil como decían y que el pacifismo no es tan étnico como pretendían, que entre los “indepes” hay pacifistas (come en todas partes) pero también violentos, intransigentes y dogmáticos, y gamberros, y niñatos y gentes poco recomendables. Con un agravante, los dirigentes “indepes” temen a los irascibles, les protegen, les disculpan y tratan de encubrirlos y disculparlos. Una falla para un relato que hace aguas, que resiste mal el paso del tiempo. Va a tener razón Aznar, el socio de Pujol, el que hablaba catalán en la intimidad, cuando advirtió que antes de que se parta España se partirá Cataluña. Eso parece a estas alturas del “procés”.