A los ‘indepes’ les falla el suelo

La intervención del presidente de la Generalitat en el Parlamento catalán causó asombro entre sus conmilitones independentistas ya que pareció proponer para 2020 una nueva hoja de ruta con una constitución y un referéndum (otro) como pasos previo a la república catalana, a Ítaca. La sorpresa residía en que no lo había comentado ni consensuado con nadie. Los ‘indepes’ están unidos en el objetivo pero en poco más, no coinciden en lo demás y los recelos son permanentes. Disputan el liderazgo y la iniciativa y, sobre todo, los procedimientos. ERC quiere liderar el proces, pero el neopujolismo de Puigdemont y Torra (¿cómo llamarles?) no está dispuesto a ceder la primogenitura. Y en discrepancia con ambos grupos actua la izquierda radical de las CUP (que son diversos) y las organizaciones independentistas oficiales (Omnium y Asamblea) y las informales (CDR, Tsunami…) que tienen creciente poder y estructuras opacas pero muy disciplinadas.

El independentismo ha llegado muy lejos, tiene fuerza en la calle, capacidad para amedrentar, objetivos definidos y demasiadas ensoñaciones. Han montado una película, un relato para ellos mismos que hace caso omiso de la realidad para instalarse en la ficción.

Una de las debilidades de su relato es la errónea apreciación de lo que llaman el enemigo, la España para ellos casposa. A lo largo de todo el “proces”, durante los últimos siete años, uno de los argumentos de fuerza de los ‘indepes’ ha sido la fragilidad del reino de España y la fortaleza independentista. Su construcción mental parte de una tesis falsa: “somos distintos” sustentada en una conclusión más falsa aun: “somos superiores”. Todo ello pintado de pacifismo, democracia y decencia. “Nosotros somos buena gente”, ha reiterado en cuantas ocasiones ha podido Oriol Junqueras, uno de los ideólogos, líderes y mártires de movimiento. Un curioso argumento de autoridad, si son “buena gente” no harán cosas malas. Si conculcan las leyes tendrán buenos motivos para ello. Con esa lógica que el señor Torra imagine que el uso de la violencia es cosa de infiltrados pero en ningún caso de los buenos catalanes, “distintos y superiores” a los demás.

Esa construcción mental que tuvo mucha audiencia hace dos años entre corresponsales extranjeros románticos e ignorantes va quebrantándose con el paso de los meses y ha salido malparada estos últimos días. Las imágenes de los incendios de estos días ha sido tan potente como las del uno de octubre, y en esta ocasión los protagonistas del disparate son los ‘indepes’. Se les ha hundido el suelo y desde la noche del miércoles los dirigentes tratan de recuperar el buen tono, la movilización amable que pretende que cortar carreteras y paralizar ciudades es un derecho legítimo, que conculcar las libertades de los demás (si son ellos los que lo hacen) está bien, ya que son buena gente, patriotas.

Ahora les falla el suelo y se sorprenden ante la fortaleza de esa España casposa que desprecian y que desconocen. Se sorprenden de que la Europa que creían favorable les da la espalda y les señala que el cumplimiento de la ley es la condición necesaria de las democracias. No van a rectificar, no van a renunciar a Ítaca, pero tampoco llegarán a semejante ilusión; algunos de ellos ya los saben pero ninguno se atreve a reconocerlo abiertamente. De manera que lo que toca es la conllevanza, cierta indiferencia y no perder la calma ni el foco.