La calidad y la función de la Sentencia

Sobre la sentencia se ha escrito mucho y diverso en pocas horas. Para que el ciudadano común, incluido el bien informado, complete una opinión de fuste conviene aguardar a las interpretaciones y explicaciones de profesionales del derecho penal que iremos conociendo en breve, una vez que los especialistas lean con serenidad los 500 folios de la sentencia y afilen el lápiz de la crítica.

A los periodistas nos toca buscar las opiniones de los que saben y entienden y contribuir a la interpretación tanto jurídica como política. Son dos planos distintos e inevitables. De momento atentamos a la jurídica. Los jueces tienen el deber de abstraerse (en lo posible) de la presión política externa e interna, también de sus propias preferencias y de cualquier otra sugestión por fundada que parezca. Y sospecho que en este caso los siete jueces se han sometido a esos criterios. El derecho y la justicia no son ciencias exactas, tienen mucho de ciencia social, subjetiva sometida a imprecisión y sensibilidad. Por eso el buen juez tiene que saber “ponderar” los elementos de cada caso para ordenarlos y valorarlos.

Lo que he escuchado de varios expertos a lo largo de las últimas horas es lo siguiente: Técnicamente la sentencia es buena, sólida, seria. Caben observaciones sobre algunos de los aspectos considerados en tan extenso documento pero que no afectan al fallo. Los razonamientos sobre el llamado derecho a decidir, o al de autodeterminación, o el de desobediencia son relevantes y servirán a los jueces como doctrina a tener en cuenta. La sentencia está sometida a la literalidad del Código penal, concretamente a la figura de rebelión que está dibujada pensando en un tipo de rebelión clásica, militar, del pasado.

La Sentencia ha provocado división de opiniones, especialmente en los extremos, siempre ruidosos. Para unos muy dura, excesiva, y para otros blanda, complaciente. Nada nuevo, más bien previsible. En periodismo sabemos que el elogio nunca es suficiente para el que lo recibe y la crítica siempre excesiva e injusta. Esto no quiere decir que la justicia esté en el justo medio (doctrina aristotélica), ni en la equidistancia, pero es imposible complacer a todos, ni suele ser el mejor camino a la verdad tratar de contentar a los protagonistas.

La unanimidad de los magistrados se aprecia como un valor. Lo es, pero no era necesaria; hubiera sido razonable la existencia de votos discrepantes sobre las penas y los razonamientos, sobre todo a la vista de las discrepancias que se han podido percibir entre los especialistas a lo largo de todo el proceso. Discrepancias que en muchos casos quienes las han sustentado sostienen ahora que ello no empece el máximo respeto por la Sentencia e incluso su conformidad con la misma, al margen de las discrepancias técnicas y de detalle.

Si conviene tener en cuenta la desproporción, la falta rigor, las mentiras que exponen en público y con descaro los dirigentes independentistas, especialmente el presidente Torra, cuya subjetividad, desvergüenza y desprecio por la verdad resultan asombrosos. También la indiferencia y tolerancia de todos los medios ante declaraciones tan extravagantes que merecen una audiencia matizada, puesta en contexto para no despistar al ciudadano. No solo hay que atender todas las opiniones, también hay que ordenarlas, ponderarlas, valorarlas. No todas pesan y valen igual.