La inmersión mediática de Sánchez

El estratega principal del PSOE no es otro que Sánchez, es el jefe aunque nadie se ha atrevido aun a llamarle “Dios” como pasó con Felipe González. Pero se acerca. Probablemente ni Felipe tuvo tanto peso en el partido socialista como lo tiene hoy Sánchez, aunque éste no es el mismo partido que el de hace veinte años, ni en entidad ideológica, ni en proyecto, ni en densidad intelectual. En cualquier caso las comparaciones históricas casi siempre son dudosas e injustas, aquellos fueron otros tiempos en política. Hoy la “mediocridad” es un dato como ha apuntado en un reciente y agudo ensayo el filósofo Alain Deneault: (”Cuando los mediocres toman el poder” Turner 2019)

Establecido que Sánchez es el motor, el director, y que los satélites (Redondo, Ábalos…) hacen lo que les manda el líder, merece la pena atender y valorar el esfuerzo que está desplegando desde que decidió que otras elecciones convenían a su designio. El punto de partida, avalado por las encuestas del CIS y del partido y por la sensibilidad del gabinete político-estratégico-comercial de la Moncloa-Ferraz, era que repetir las elecciones reforzaría la posición del PSOE-Sánchez y las posibilidades de un gobierno monocolor (objetivo central de Sánchez) con distintas oportunidades de alianzas (geometría variable).

Esta era la tesis dominante en verano que le llevó a rechazar cualquier alianza de investidura. Unas semanas más tarde, con la pre-campaña a toda marcha, la tesis se ha debilitado y los pronósticos apuntan que no hay ventaja para Sánchez que no sea el debilitamiento de los socios por la izquierda y el centro, con un reforzamiento del Partido Popular que se recupera de la debacle de abril.

Para remontar Sánchez ha decidido asumir la responsabilidad y el riesgo de agitar las bases electorales socialistas desalentadas y decepcionadas por las decisiones de Rodríguez Zapatero en mayo 2010, tomadas en un momento de crisis y pánico, nunca explicadas, razonadas y justificadas. Sánchez concurre cada día a mítines para agitar los cuadros y bases socialistas y comparece en cuantos medios le solicitan en programas informativos y de entretenimiento para machacar los mismos mensajes que de tanto reiterar sufren el riesgo de banalización.

Sin duda es un mérito de Sánchez su compromiso con esta campaña en la que se juega más de lo que imaginó hace un par de meses. El problema es que a medida que pasan los días los mensajes no calan, no movilizan, no apelan ni a la razón ni a los sentimientos. Ejes narrativos que en abril tuvieron alguna influencia (Franco, el miedo a la extrema derecha, la descalificación de los adversarios) ahora parecen reiteración poco relevante. Y el discurso nuevo sobre los riesgos de crisis económica sirve tanto para para el PP como a los socialistas y no siempre para bien.

La inmersión mediática de Sánchez ha sido madrugadora, inmediata, pero quizá un tanto prematura e insuficientemente meditada. Sánchez no es un líder carismático, sus intervenciones son de baja intensidad, tanto en emociones como en contenidos. Es audaz, descarado, dice lo que lleva en el guion, pero no traspasa. De hecho tira más la marca que el líder, como Rajoy.

A un mes de la cita las expectativas están muy abiertas, empezando por la voluntad de ir a votar; el porcentaje de indecisos es muy alta y el de dudosos también. Unos dudosos que decidirán los últimos días, las últimas horas, lo cual complica el trabajo de los sociólogos.