Boris, Trump, Torra... ¿distinguen entre bien y mal?

Una de las características del actual guirigay de la política tiene que ver con la anomia moral, la dificultad de distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, lo correcto y lo incorrecto, la verdad y la mentira. Una asistente de Trump aportó un concepto descarado en ese sentido: “las realidades alternativas” que desafían a la ciencia, a las matemáticas, a la geometría y al principio de la verificación, a lo que los contables llaman “conteo” que tienen que ver con que una cosa son las cuentas y otra los cuentos.

El Presidente catalán y sus compañeros “indepes” aluden estos días a que los catalanes son “per se”, es decir por su propia naturaleza, “pacíficos” y que eso de que algunos coqueteen con el terrorismo o la violencia es una patraña de la policía y del Estado (España), que gusta de apalear a los que van a votar. Todo esto se oye en televisiones y radios por bocas autorizadas de los “indepes” sin que nadie les apele a la razón. A eso llamo anomia moral, a no atender reglas, normas ni datos, ni hechos, a ordenar todo ello como cada cual lo percibe o le interesa por mor de un bien superior. Al fondo (y al principio) hay supremacismo, que se añade al soberanismo y se sustenta en una idea de raza, etnia, pueblo o como lo quieran definir, privilegiado, elegido.

Algo parecido le pasa a Mr. Boris Johnson que prefiere morir en el arroyo antes de seguir asociado a la unión Europea. Claro que semejante afirmación pudiera cambiar si el titular de la misma prefiere otra. La sentencia de los jueces británicos sobre la parálisis del Parlamento le ha desconcertado, no la esperaba, no la entiende; apela ahora a que actuó con “buena fe”, que cerró el curso legislativo con “buena fe” que es un argumento moral y subjetivo que apela al estado de inocencia, impropia de la actividad política. Los antecedentes de Boris en el ejercicio del periodismo o de la política no sustenta la pretendida “buena fe”.

Un tercer protagonista de la semana es Donald Trump y su monumental ego. Al tipo le parece normal, lógico, legítimo… utilizar su poder desde el despacho oval para animar a un dirigente extranjero a perseguir a un rival político, al demócrata Biden. A Trump le parece normal, no ve abuso de poder en semejante comportamiento, sería otro acto de “buena fe” que no merece reproche. Distinguir entre el bien y el mal es una disyuntiva que Trump no se ha planteado nunca, el bien está de su lado y el mal donde habitan los que no están de acuerdo con él.

Cuando el debate político, la conversación ciudadana, se desliza por esa pendiente de anomia moral la democracia se queda sin espacio, fuera de juego. Y en esas estamos, entre la presunta buena fe y el pacifismo “per se” de los indepes por el mero hecho de serlo. No es broma, llegará un día en el que los catalanes, por el hecho de serlo, tendrán la vida gratis por la admiración que suscitan en el mundo. Distinguir entre el bien y el mal puede convertirse en utopía.