¿Cuántos votos costará la decepción?

Disponemos ya de una panoplia de encuestas que nos dan la foto fija de las expectativas de voto para el 10N, pero al lado incertidumbres muy serias sobre si ese día (faltan 48 jornadas) los votantes se comportarán como dice la foto fija actual. El fantasma que amenaza los pronósticos se llama “decepción”, no hay duda de que un elevado porcentaje de votantes están decepcionados, hasta el moño de estos políticos adolescentes, incapaces, presuntuosos y egoístas. Todos esos calificativos se pueden justificar, de hecho se evidencias en esas mismas encuestas en las respuestas a las preguntas pertinentes sobre el estado de ánimo de los ciudadanos.

¿Cómo se va reflejar ese ánimo en el voto del 10N? nadie lo sabe, ni los propios votantes. Un buen puñado, entre el 6 y el 12% están decididos a no votar y eso influye en el resultado efectivo, en el reparto de escaños que es lo que cuenta para elegir presidente que forme gobierno. A lo largo de las siete semanas de intensa campaña esos ciudadanos pueden cambiar de criterio y votar a favor o en contra de alguien, más lo segundo que lo primero.

Otro puñado semejante de votantes, quizá algunos más, han decidido  traducir su decepción cambiando su preferencia de voto, lo cual también incide en el resultado  como para recomponer el mapa parlamentario de forma decisiva.

La suma de esos dos grupos de ciudadanos, plurales y desiguales, supera el 20%  y constituye la incógnita decisiva para estos comicios que trae de cabeza a todos los candidatos y a sus estrategas. Por eso las encuestas de hoy valen poco, queda demasiada tela por cortar para componer el traje del 10N de manera que puede salir con barba (San Antón) o lampiña (la Purísima).

La decepción es grande aunque la sociedad española tiene acreditada resiliencia y confianza. Buena prueba es ese 75% de participación del pasado abril, cuando la decepción formaba parte del cuadro social dominante. Los ciudadanos no tienen muchas opciones, han hecho viejos a los nuevos partidos del 2015 muy deprisa y los fracasados líderes actuales no han asumido que pueden formar parte esencial de la decepción.

José Juan Ruiz, una de los economistas a los que conviene hacer caso, decía ayer en un artículo publicado en El País que al hartazgo de los electores puede que haya que añadir otro factor de complicada evaluación electoral, “la ansiedad” ante una más que probable recesión que nos devuelva a las inquietudes de la crisis. Contra la ansiedad solo hay una receta: la confianza. Confianza en los dirigentes, en la política. Y no hace falta ser un lince para percibir que estos candidatos inspiran poca confianza, su obsesión es el poder, imponerse, pero su propuesta es tan vacua como sus discursos, sobrados de retórica y confrontación.