Todos temen las elecciones, y nadie acierta a evitarlas

El fracaso de la investidura se ve cada vez más seguro y abre otra etapa electoral, cuarta en cuatro años (tres legislaturas arruinadas), que vendrá preñada de incertidumbres. Todos temen el abstencionismo de los decepcionados y todos temen la defección de los electores tibios o tácticos. De hecho todos temen una nueva cita electoral, pero ninguno sabe cómo evitarlo, confían en que otro pestañee y propicie una salida, pero nadie da pasos atrás o adelante para hacerlo posible.

Son una panda de adolescentes, inexpertos y egoístas. En el fondo cada cual está cómodo en su actual estado que es mucho mejor que el que tenían hace cuatro años, durante esos años todos han progresado en rango y en sueldo, condición que no se extiende a la mayoría de los votantes. Les va mucho mejor que a la media, así que ¿para qué cambiar?

Las encuestas cuantitativas conocidas y las cualitativas que forman parte de la cocina de cada partido y de sus propios analistas de los estados de opinión, no son tranquilizadoras para ninguno. Lo más probable es que el mapa electoral que salga de otras elecciones en noviembre se asemejará al actual con variaciones arriba y abajo que no mejoran las ecuaciones de gobernabilidad.

En el PSOE de Sánchez, aparente el más favorecido en los sondeos, no lo tienen claro ya que han acreditado una incapacidad para las alianzas que debilita el liderazgo de Sánchez. El líder no ha demostrado cintura, ni habilidad, ni imaginación para atraer socios en los que confiar más allá de la votación de investidura. Ni eso ha logrado.

Sánchez sabe que una investidura de última hora por mayoría simple y sin acuerdo legislativo tiene poco recorrido, solo prolonga un gobierno “provisional”, débil, que es algo más que “un gobierno en funciones” ya que puede proponer y decidir, pero que se estrellaría con una moción de censura en cualquier momento.

La salida del embrollo, del laberinto, pasa por el relevo de algunos líderes, que sería lógica a la vista de sus fracasos, pero que la estructura de los partidos y su poder político les fija al sillón con cemento, resistentes a cambios por la exigencia de responsabilidades. Con estos bueyes no hay formar de trabajar, cuando tienen que ir al paso cada cual va a su aire, no hay manera que de que cooperen con lealtad; probablemente no saben y tampoco quieren.