Boris y Torra ante el pecado de anomia

Felipe González trasladaba la semana pasada a la directora de El País sus preocupaciones actuales por la deriva de las políticas nacional e internacional, y a González conviene atenderle porque suele estar en el surco principal de los temas. La palabra clave de sus comentarios era ANOMIA que quiere decir “carencia o degradación de las normas”. Felipe de refería a la creciente degradación de los acuerdos mundiales que sostienen las relaciones internacionales, en concreto los acuerdos de desarme y disuasión nuclear (tan decisivos para el punto final a la guerra fría) que hoy pasan por una fase de revisión hacia un supremacismo sin sentido, que solo traerá inestabilidad, retroceso y obscuridad.

Otro tanto respecto a la Organización Mundial del Comercio (OMC), tan laboriosamente construida durante las últimas décadas, que hoy está casi en punto muerto. Y eso a pesar de que los males del proteccionismo son bien conocidos aunque requieren el uso de la reflexión y la razón para no olvidarlo. Deslizarse hacia lo emotivo, al proteccionismo nacionalista irracional propio de imbéciles (Guy Sorman atribuye esa tesis a Churchill, y puede que sea muy cierto, aunque su admirador Boris Johnson no se aplique el cuento) forma parte de la actualidad y de los problemas que trae la anomia, el desprecio por las normas.

Dos casos concretos del día, los protagonizan el Primer Ministro británico y el actual Presidente del Gobierno de Cataluña. Míster Johnson, supremacista visceral, sustenta su legado y su mandato político en la ruptura con la Unión Europea de cualquier manera, es decir sin normas, con anomia manifiesta. Para ello está dispuesto a doblar la apuesta y llegar más lejos, pasando por encima del Parlamento británico. Una aberración que solo puede salir de un nacionalista imbécil.

El Primer Ministro decidió bloquear el Parlamento (puede hacerlo, tiene competencia) para que la Cámara de Westminster no le obstaculice el divorcio a las bravas. Pero el Parlamento le ha aguantado la apuesta con una ley que bloquea ese divorcio sin un acuerdo previo satisfactorio para la cámara. Y además le ha bloqueado también la treta de la disolución y la convocatoria de elecciones antes de la fecha del divorcio. Boris puede arbitrar alguna maniobra elusiva e incluso desobedecer al Parlamento, forma parte del pecado de anomia. Lo veremos en breve.

Otro que tal baila es el señor Quim Torra, presidente de Cataluña por azares del “proceso”. Su reto está ante el otro poder alternativo: el judicial. Tiene una cita ante los jueces a la que no quiere acudir, les desafía argumentando que el problema es del Tribunal Superior y no suyo. Otro nacionalista supremacista (un imbécil para Churchill) que se cree designado por la providencia para conseguir su delirio. Otro caso de anomia manifiesta, de carencia de respeto a las normas que degrada a su conveniencia. Supongo que al Tribunal, mientras tenga localizado al acusado, le importa una higa que asista o no al juicio, la ausencia solo complica y deteriora su causa por lo que supone de desprecio, de anomia culpable. Me parece que estamos en las vísperas de que las piezas vayan encajando en el sitio que corresponde.