¿Elecciones?… posible, probable, nadie lo sabe

Tanto iniciados como no iniciados en la política (?) española actual se preguntan por el fracaso de la XII legislatura que supone una nueva convocatoria de elecciones. ¿Quién lo sabe? Pues nadie. Las disoluciones son facultad del Presidente del Gobierno, pero no tenemos Presidente (solo en funciones) así que la disolución es preceptiva y automática, por el fracaso de los políticos.

El acuerdo para una mayoría de investidura parece imposible ya que quienes pueden hacerlo requieren la rendición de la otra parte. Sánchez solo acepta un gobierno socialista e Iglesias necesita la coalición, es decir Ministros propios. Y a ninguno de los dos les preocupa demasiado volver a las urnas, al primero porque espera mejorar su posición (más escaños) y al otro porque aunque retroceda estima que seguirán siendo imprescindibles su escaños para otra investidura. Y así estamos desde finales de 2015, cuando Rajoy perdió la mayoría y el imperfecto bipartidismo del pasado mutó a multipartidismo.

Ahora las encuestas sirven poco, cuenta más el instinto que es más incierto aún que la demoscopia. Sánchez confía en su suerte, la llama “resistencia”, e Iglesias apuesta por su inteligencia estratégica, se siente el más listo de la clase. De manera que no ellos mismos saben cuál será el desenlace del cuento, aceptan cualquiera de las alternativas porque se sienten invulnerables en su incompetencia.

Los dos aluden a los usos y costumbres democráticos en Europa sobre gobernabilidad en coalición para sostener su posición, sin aceptar que entre esas hipótesis está la de dimitir cuando se fracasa y, los hechos apuntan que, por ahora, han fracasado. Pero nadie en sus respectivos partidos se lo dirá ni les exigirá cuentas. El problema empieza por la debilidad de los partidos y la sobrevaloración de los líderes que se han cuidado de blindar su posición con aparatos sometidos y estatutos protectores.

Una vez más en la historia de España las élites de poder controlan el devenir político y establecen las prioridades en función de sus propios intereses. Eso sí, siempre con un discurso pomposo, farragoso, que se adapta a cada coyuntura según las circunstancias.

Otra campaña electoral (cuarta en cuatro años), por corta que sea, puede ser difícil de digerir para la ciudadanía, incluso para la más interesada en la política. Con el agravante de que con o sin elecciones lo probable es que el gobierno sea tan inestable e impotente como lo que vamos conociendo los últimos años. Lo que se puede esperar es poco, expectativas muy limitadas.