La peculiar cantera política italiana

Fue hace unos pocos años cuando Felipe González, en un acto público en Madrid, que la política española se deslizaba hacia el modelo italiano… pero sin italianos. La segunda parte del comentario es más sugestiva que la primera. “Sin italianos”, es decir sin las habilidades estratégicas de unas gentes que con un estado frágil consiguen sostener una sociedad próspera, descreída y decepcionada. Una sociedad que entrega el poder político a un tipo como Berlusconi que nunca escondió que su interés era salvar su patrimonio desde la presidencia del gobierno… y de paso divertirse. Y se divirtió. A cambio ofreció a los italianos los gobiernos más prósperos y longevos de la reciente historia: setenta años de “república” y setenta gobiernos.

Tras la experiencia Berlusconi, que trajo estabilidad, ridículo y poco progreso, la convulsión política italiana se convirtió en permanente, con combustión de los partidos tradicionales: Democracia cristiana, Partido Comunista y Partido Socialista. Los tres desaparecidos y reconvertidos en nuevas formaciones de complicada clasificación. Degenerando año tras año las últimas elecciones llevaron al gobierno a dos formaciones de nueva generación situadas en los extremos: la Liga (derecha extrema) y los “grillinos” (populistas con sesgo a la izquierda) proponían la regeneración de la política italiano pero su desempeño se puede resumir como “más de lo mismo” pero con menos finura, con permanente inestabilidad y tendencia al espectáculo.

La alianza de gobierno era inestable desde el primer minuto, incluido el hecho de que el primer ministro asumía un papel de gozne entre los dos partidos, con perfil independiente y anodino: un figurón salido de la universidad con perfil muy bajo. Un desconocido que dimitió hace una semana pero que puede seguir al frente de otro gobierno de una nueva coalición que parecía imposible hace pocas semanas.

La lección italiana para la política española es que allí son más extravagantes pero más pragmáticos. Componen las coaliciones por interés, y reclutan personajes, más o menos comprometidos con los partidos, pero capaces de mantener el barco a flote aparentando que hay gobierno. Las carteras importantes (economía, Finanzas, exteriores…) se la encargan a personajes con razonable idoneidad, entre otras razones por la vigilancia de un presidente de la república con poderes limitados pero con una autoridad aceptada por todos, porque les conviene. Parece un misterio pero antes de que venzan los plazos se alcanza acuerdos frágiles pero suficientes para mantener los platos en el aire. En resumen una salud política resistencia aunque en estado de permanente crisis. No acierto a concluir si lo de los italianos es mejor que lo de aquí estos últimos años, de momento parece más emocionante.