La toxicidad del debate político español

Pedro Sánchez no ha hecho ningún esfuerzo para articular la mayoría aritmética del gobierno de coalición con Ciudadanos; puede esgrimir el argumento de que Albert Rivera no ha dejado de repetir que con Sánchez ni a heredar, que a Sánchez y el PSOE… ni agua. Una posición que contrasta con el pacto de legislatura que ambos partidos y líderes suscribieron hace tres años, cuando Rajoy fracasó en la investidura y Sánchez intentó llegar a la Moncloa tras el encargo que le hizo el Rey.

Puede que la incompatibilidad actual se fraguara entonces (aunque no hay evidencias), pero es obvio que ambos políticos no han hecho el más mínimo esfuerzo, ni siquiera aparentarlo, para hacer buena esa mayoría aritmética de 180 escaños. Responsabilidad de Rivera y de Sánchez a partes iguales que han querido hacer el gesto de negociar aunque fuera con condiciones inaceptables para el otro.

Sánchez parece preferir el modelo de la moción de censura a Rajoy que le llevó a la Moncloa con legitimidad de origen pero sin hacer concesión alguna a sus socios que le votaron gratis. Ahora reivindica la misma gratuidad con el argumento de que es el más votado, que despreció cuando era Rajoy el primero de la lista, el más votado.

La política española se ha deslizado desde las fracasadas investiduras de la XI legislatura, la de 2016, por un plano descendente caracterizado por la incoherencia y la toxicidad. Cada movimiento, cada comentario, cada propuesta lleva trampa, es tóxica, esconde una intención no explícita.

Rivera (y Casado) sostiene que Sánchez tiene una mayoría natural con los aliados de la investidura. Es verosímil, pero no está verificado; tan no lo está que hay razones para pensar que estamos ante otra legislatura fallida que vendría a refutar la hipótesis en la que ha fundamentado su estrategia Albert Rivera con no pocos desgarros en su partido y, muy probablemente entre su electorado.

Las declaraciones de Pedro Sánchez en la cadena SER son la evidencia de la toxicidad de las relaciones entre partidos políticos que no han obtenido votos suficientes para imponer su programa. Sánchez aparentaba que sus relaciones con Iglesias eran de confianza hace pocos meses, cuando pactaron los Presupuestos luego fallidos, y ahora aparentan todo lo contrario. ¿Qué estampa es la correcta, la más sincera, la hace pocos meses y la de estos días?

Había más diferencias entre Tarradellas y Suárez la primera vez que se vieron a solas en la Moncloa, pero supieron encontrar los puntos comunes de acuerdo en beneficio de todos, incluido el interés general. Había más diferencias entre los partidos de los Pactos de la Moncloa y luego del consenso constitucional, pero hicieron política para encontrar los mínimos comunes divisores para ir adelante. Lo de ahora es tóxico, incoherente y sin futuro. Resultados que deberían llevar a los protagonistas al retiro tras el fracaso para que lo intenten otros mejor dotados. Con estos bueyes no hay trilla.