Gobernar en pareja… complicado, en trío aun más

Las parejas tienen problemas de convivencia con mucha frecuencia, tanto que la mitad fracasan, algunas de mala manera y con pésimas consecuencias para todos. Los tríos, que tienen mucho de extravagancia, tienen muy pocas posibilidades de éxito. Eso funciona en la vida, en las relaciones humanas y también en la política y en el gobierno. En estos tiempos vivemos en plena experimentación del modelo parejas, de tríos y fórmulas más complejas y la pinta que tienen no es buena, el agua baja muy oscuro.

No se trata de fórmulas extraordinarias, las han experimentado con relativo éxito en bastantes países europeos, eso sí tras una experiencia acumulada y con instituciones políticas muy estables por detrás. También en España, en autonomías y ayuntamientos hay experiencias de gobiernos de coalición con dos, tres y hasta cuatro socios. Aunque ha habido de todo el resultado dominante ha sido entre regular y malo. A falta de un partido muy dominante las coaliciones han dado mal resultado para la ciudadanía y poco bueno para los propios partidos que, en muchos casos, han salido abrasados.

La política española tras las dobles elecciones de abril y mayo está abocada a gobernar en pareja, en trío e incluso añadiendo algún socio adicional. Y la cosa cursa muy complicada. Los gobiernos que han empezado a actuar este mes (ayuntamientos como el de Madrid) no han hecha casi nada pero ya han evidenciado grietas en los cimientos que además de complicar sus actuaciones debilitan el avance de las siguientes coaliciones en autonomías y en el gobierno de España.

Estos son días, horas, de mucho postureo, de desafíos, órdagos y declaraciones campanudas a las que no hay que hacer mucho caso ya que llegado el día y la hora límite las posiciones se ablandan y lo que era inasumible se convierte en posible y hasta deseable. Se aguarda que el otro, o los otros, pestañeen y cedan. Todos tienen algo que ganar y también que perder en este juego0 de negociaciones.

Lo obvio es que mientras regatean no toman decisiones, no gobiernan, no atienden “las cosas”, lo que preocupa a los ciudadanos. El Presupuesto, los impuestos, las pensiones, la sanidad, la educación, la dependencia, la seguridad… pasan a segundo plano , a ritmo administrativo, mientras lo declarativo banal se apropia del escenario; los líderes se miran a los ojos para ver quien baja la mirada y las especulaciones dominan el discurso y copan toda la atención de los políticos y el contenido de los medios. Un gran espectáculo para la televisión que gira las cámaras y los micrófonos de unos a otros para un diálogo de sordos que busca en desgaste de los demás para poder excusarse ante los electores con algo así como “hago lo que puedo”, “no me dejan más”. Eso sí, con apelaciones permanentes a la grandeza, al sentido de Estado, a la generosidad… pero que debe asumir el otro. Se justifica aquella famosa frase que cerró la I República hace 150 años: “Adiós, señores estoy hasta los cojones de todos nosotros”.