Telón para el juicio del “procés”, toca sentencia

El juez Marchena (y sus seis colegas de sala) habrán dormido mejor esta noche una vez concluida la vista del “procés”, aunque empezarán ahora la complicada fase de redactar la sentencia, de precisar los argumentos jurídicos aplicables a los hechos que los magistrados consideren probados. La sentencia será histórica aunque no sea definitiva porque viajará al Constitucional y a Estrasburgo cuya decisión será relevante para el futuro.

A las siete casi un punto de la tarde (pasaban dos minutos) el presidente del tribunal dictaba el preceptivo “visto para sentencia”, “abandonen la sala”. Los acusados han utilizado, cada cual a su mejor interés, los minutos finales de alegaciones para exponer sus convicciones y buena conducta: Unos han reafirmado sus objetivos, otros han planteado que su tiempo político pasó, todos han insistido en que no se consideran rebeldes o sediciosos (es decir culpables) así como que el “procés” no se resolverá en los tribunales, que no se debía haber llegado a este trance que supone el fallo de la política.

Flotando en el ambiente queda esta última impresión con los dos últimos presidentes del gobierno (Rajoy y Zapatero) en primer plano. No fueron ellos los sediciosos, ni los promotores directos del “procés”, pero si cabe endosar a su responsabilidad el deber de prevención, de gestionar el viejo conflicto con los independentistas con más talento y eficacia. Los dos presidentes, por muy distintas razones, han cometido equivocaciones graves, no encararon el problema con determinación y criterio, se dejaron llevar por la táctica y la conveniencia, antepusieron los intereses de sus partidos y personas a los del Estado. La historia no les va a absolver.

Tampoco a los sediciosos, tan irresponsables o más que los presidentes de PP y PSOE, porque condujeron a media sociedad catalana a un callejón sin salida, a un despropósito del que ahora es difícil salir sin frustración, decepción y altos costes.

La sentencia, que es una pieza judicial con las limitaciones y exigencias que ello supone, no va a resolver el conflicto, aunque va a fijar una posición y criterios que pueden ser relevantes para el futuro si todos los implicados aciertan a interpretarlos. Anticipar el contenido de la sentencia, su fallo y los argumentos para sustentarlo, es imposible; probablemente ni los propios magistrados lo saben a esta hora, aunque deben tener conclusiones bastante configuradas pendientes de redacción, que no será sencilla.

Hay algunos puntos que han quedado claros a lo largo de las 52 sesiones del juicio.

Primero que en el Tribunal Supremo saben conducir con firmeza y liberalidad un proceso tan complicado como éste. El Presidente del Tribunal ha actuado con protestas (poder efectivo) y auctoritas (poder reconocido), al margen de que la sentencia, sea la que sea, será recurrida. Pero la gestión del procedimiento ha sido impecable, según opinión de los procesalistas más exigentes

Segundo, que los acusados “indepes” se proponen, con tesón, desprestigiar el Estado español, lo español, para justificar sus objetivos. Presentar la democracia española como fallida o muy deficiente forma parte de su arsenal político en primer plano y lo argumentan en cuantos foros pueden hacerlo con no pocas complicidades. Una estrategia de “leyenda negra” que suele encontrar socios más o menos estúpidos e interesados. La intervenciones ayer de todos los acusados acreditaron la superioridad moral que anida en el independentismo, que les convierte en buenas personas, benéficas, admirables y admiradas en todo el mundo.

Para después de verano sentencia, luego elecciones y siempre “procés” en sus distintas caras y estrategias frente a la benevolencia y la tolerancia del gobierno español, de buena parte de los medios con las televisiones al frente, que difunden todo el repertorio acusatorio indepe no vaya a ser que si rechazan sus fábulas les acusen de censores.