La puja de pactos devuelve a la casilla de 2015

Enrique Fuentes Quintana, vicepresidente para la economía del segundo gobierno Suárez (el constituyente) se reincorporó al despacho el último fin de semana de agosto con una convicción: o se producía un gran pacto político y social para abordar la reformas económicas necesarias con una mayoría muy amplia o la crisis (inflación + paro + déficit) precipitaban el país a un desastre a la latinoamericana. Fuentes tenía in mente los pactos alemanes tras la postguerra. Pidió cita a Suárez en Moncloa y discutieron durante horas una tarde noche de domingo.

La tesis de Suárez y del área política del gobierno de UCD (171 escaños) era que tras la investidura (julio) se podían sacar adelante los Presupuesto para 1978 arañando unos votos bien pagados a grupos minoritarios, empezando por los andalucistas. Fuentes proponía una mayoría más amplia. Tras varias horas de debate, hasta avanzada la madrugada, Suárez aceptó intentar el pacto y a los pocos días escribió a todos los grupos parlamentarios citándoles en la Moncloa para debatir sobre la situación política y los acuerdos posibles. En el gobierno había división de opiniones, los más pesimistas sostenían que algunos partidos (empezando por los socialistas) no asistirían a la reunión. Los más optimistas creían que habría reunión pero no acuerdo, que lo más probable sería un pacto menor para sostener los Presupuestos.

Hubo reunión, asistieron todos y se pusieron de acuerdo a la primera; Felipe González propuso a Suárez alargar la reunión para dar la sensación de un debate intenso. El resultado final fueron los Pactos de la Moncloa, segunda piedra angular de la Transición (con la ley para la reforma política como primer sillar) que marcó la pauta para elaborar la Constitución. A los Pactos se llegó por la audacia de Suárez, por la argumentación de fuentes, por los buenos oficios de Abril y por la responsabilidad de los demás líderes políticos. Aquel procedimiento no parece reeditable, no hay mimbres, talentos e incluso necesidad, aunque sería otra experiencia extraordinaria.

Con la cita de los líderes en la Moncloa para las consultas preceptivas en Zarzuela antes de encargar a un candidato con posibilidades pretender la investidura y formar Gobierno, empieza la ronda de pujas que fijan precios para sumar votos. Cada partido territorial fija su precio y el candidato hace los cálculos para concluir si puede pagar facturas que sumen una mayoría. Aquí no hay espacio para el bien común, las políticas de Estado o la generosidad. Estos son negocios, políticos, pero negocios. El cántabro pide mil millones, los canarios algo más, y los vascos otro tanto y así sucesivamente.

Hace pocos días Pedro Sánchez parecía instalado en la superioridad, con la Presidencia al alcance de la mano. Ahora hay que pasar de las musas al teatro, concretar y sumar votos. Hay más razones para estimar que pronto habrá pactos y gobiernos; que la legislatura podrá arrancar y hasta durar. Pero sin descartar la repetición en la casilla del 2015, la de la una investidura imposible y la disolución de la legislatura sin ningún fruto que ofrecer más allá del fracaso. El modelo de 1977 es historia.