Gran espectáculo de TV, pésimo debate político

Acabaron los dos debates sucesivos que dejaron exhaustos a los cuatro tenores y, quizá, decepcionados de sí mismos, ya que si revisan sus actuaciones sospecho que no se van a gustar, que ninguno de los cuatro son como aparecieron. Los de A3media montaron un gran espectáculo televiso antes, durante y después del debate, cinco horas en directo con una inversión discreta y una audiencia sobresaliente: al borde de los diez millones de espectadores para el grupo (A3+LaSexta) que es una cota de acontecimiento deportivo de primer nivel.

La puesta en escena y el dramatismo que suele desplegar Ferreras construyeron un formato que se parece más a los productos típicos de Tele5 (Gran Hermano, la Isla…) que a un espacio del debate político. El lenguaje deportivo más épico: el del ganador y el perdedor, el del hecho decisivo, sin precedentes… se trasladó a la conversación política, convertida en confrontación. No es solo por el formato y el lenguaje televisivo, también por la voluntad de los protagonistas, de unos líderes políticos entregados al enfrentamiento, la descalificación personal y el efectismo.

La pobreza argumental de los cuatro tenores fue decepcionante; sospecho que se dejaron arrastrar por el pánico a no parecer suficientemente contundentes (Rivera y Casado), suficientemente resistente (Sánchez) y suficientemente responsable (Iglesias). La estopa que se repartieron contrastaba mal con las conversaciones posteriores en el plató, en especial la larga charla entre Iglesias y el matrimonio Casado con exhibición tierna de las fotos de los nenes. Fue lo mejor de la jornada, la comprensión y complicidad de dos políticos que viven en las antípodas; que profesan ideologías casi antagónicas, pero que comparten sentimientos paterno/maternales.

Sorprende de penuria intelectual de los cuatro (más de unos que de otros) en materia económica. La demagogia y superficialidad con la que despacharon el paro, las pensiones, los impuestos, la sanidad, la educación… fueron clamorosas. Los datos que manejaron estaban, la mayoría, equivocados, casi todos manipulados y en la mayor parte de los casos carentes de fundamento teórico. Si fueran estudiantes de Economía, Sociología o Política compareciendo a un examen parcial merecían un suspenso, volver a estudiar los manuales.

Suspendieron en economía pero también resultó clamorosa la ausencia de temas de relevancia, especialmente la política exterior (ni palabra) precisamente cuando la globalización, la interdependencia y el comercio internacional son cuestiones críticas. Ni una palabra sobre el proyecto europeo, sobre el significado y el alcance de la Unión Europea (que es política nacional). Nada sobre ciencia, inteligencia artificial, tecnología, digitalización, cooperación internacional… cuestiones todas ellas que forman parte de la agenda prioritaria de los políticos de fuste. Nada ilusionante, nada inspirador, ninguna emoción, ni siquiera ingenio y buen humor. Ningún guiño de complicidad, de humanidad, de atención a los demás. ¿Qué asesores preparan a esta gente? ¿Qué tienen en la cabeza? ¿Cómo piensan que van a atraer voluntades y afectos de la ciudadanía?

Para empeorar el panorama los medios de comunicación y los analistas habituales, se dejaron llevar por la retórica deportiva dando prioridad a la estúpida pregunta: ¿Quién ganó y quién perdió? Con una respuesta más estúpida, gana mi favorito y pierde aquel con el que no estoy de acuerdo. Los titulares de los grandes diarios exhibían sus preferencias sin rubor, a las claras, renunciando a su misión de informar para entregarse a la pasión de jalear a su favorito o compadre.

Solo cabe una conclusión provisional y desesperada. Salga lo que salga del voto, poco se puede esperar de la próxima legislatura, la XIII de la democracia, la más improbable y azarosa. Si la política española cotizó durante las últimas décadas por su estabilidad, ese activo se ha volatilizado.