Campaña de líneas rojas y declaraciones campanudas

La campaña electoral en curso no tiene pinta de que vaya a pasar a la historia por la profundidad de los mensajes o la densidad de los contenidos. De momento solo asistimos a monólogos sucesivos campanudos (por parte de los pretendientes) y muy oportunistas de los que, según las encuestas, salen como ganadores. Faltan dos semanas  hasta la hora de votar, que darán pie a jornadas a la desesperada de unos desasosegados candidatos, una vez que las encuestas solo dicen que cualquier resultado es posible, con un porcentaje elevado de indecisos.

Los programas valen menos que nunca ya que lo único seguro es que el probable gobierno que pudiera salir de las urnas requerirá de un pacto a dos o tres bandas, que obligara a ceder, ajustar, aceptar y asumir. Todos tendrán coartada para declarar que sus propuestas, que tampoco son extraordinarias, tendrán que quedar aparcadas por las exigencias de los pactos.

A sabiendas de que tendrán que pactar lo llamativo es como se esmeran en fijar líneas rojas que complican los pactos. Más aún, adoptan un tono campanudo, superlativo, para enfatizar las antipatías. Es obvio que saben que tienen baja credibilidad, que los ciudadanos están sobrados de escepticismo y que, salvo los seguidores muy entusiastas no se toman en serio las declaraciones.

Todos quieren ocupar un espacio de poder, de gobierno, y sacrificaran a ese objetivo lo demás. Entre los más transparentes van en cabeza los partidos a la izquierda, tanto Sánchez como Iglesias. El primero tiene acreditado que para disfrutar del contrato de arrendamiento de la Moncloa está dispuesto a lo que sea menester. Y el segundo ha asumido que la residencia en la Moncloa no está a su alcance, pero que puede aspirar a un ministerio (aunque sea de Marina), cercano al presidente o en una cartera de campanillas.

Al otro lado, en la derecha, el objetivo de Casado es más modesto y realista, su objetivo es que el PP no se desmorone, estabilizar la herencia recibida de Rajoy. Podría soportar el peor resultado de la historia del PP, pero no un pésimo resultado que en este momento no sé estimar pero que puede situarse en el suelo del PSOE: ochenta diputados. Casado dispone de otra oportunidad de remontar en mayo, porque otro fracaso entonces arruinaría su futuro y le acercaría a emular a Hernández Mancha.

Rivera aspira a entrar en el gobierno, a mejorar el resultado, pero no será suficiente ya que quedar tercero para seguir siendo oposición de segundo rango le deja donde está, con pocas posibilidades de mejora en la segunda vuelta de mayo.  Los de Vox ya han ganado antes de empezar, solo aspiran a disponer de grupo parlamentario y estar presentes en el debate con sus proposiciones radicales mientras espera que el PP siga desangrándose.

Estas no van a ser las elecciones del cambio, más bien las de la furia y el ruido, las de las polvaredas que deben abrir la puerta a una nueva etapa para la democracia española: la de los gobiernos de coalición experimentados.