Impuestos: ofertas diferenciadas

Las políticas económicas, incluidas las fiscales, de los distintos partidos y gobiernos (izquierda y derecha) durante los cuarenta años de democracia han cursado con más semejanzas que diferencias, estas estaban en los márgenes y no iban más allá del más/menos 5%. Incluso más diferencia en los acentos y las palabras que en la realidad.

Los gobiernos socialistas de Felipe González subieron los impuestos (y los gastos) hasta el entorno del 40% para estabilizarlos en esa cota y por encima; los de Aznar no rectificaron ese sesgo aunque aplicaron sendas rebajas en el IRPF los últimos años de legislatura. Ambos gobiernos tendieron a cumplir sus compromisos sin demasiada gestualidad.

Ya en este siglo, tanto Zapatero (y ahora Sánchez) como Rajoy han gesticulado más y han distanciado lo que decían de lo que hacían; especialmente en el caso de Rajoy-Montoro que prometieron bajar impuestos pero les subieron modificando las distintas figuras tributarias. De hecho Montoro fue más socialdemócrata en materia fiscal que Solbes, aunque ambos se enfrentaron a coyunturas presupuestarias muy distintas: los socialistas nadaron en la abundancia y los populares en la escasez. Y la coyuntura cuenta. Las ofertas electorales actuales pintan otro panorama, aunque los programas hay que tomarles con cautela ya que pueden prometer paro luego olvidar, bien sea por la coyuntura o por los pactos inevitables que desnaturalizan los programas.

La música de las ofertas, de los programas, suena diferente entre derecha e izquierda, un eje que hoy tiene menos valor que antes, pero que existe. La oferta de PSOE y Podemos, sin ser equivalentes, giran en torno al mismo esquema: más gasto social, promesa de subsidios sin entrar en detalles sobre cómo se va a financiar cada uno de ellos (y no son pocos). Llegan con cálculos de coste bastante parciales, voluntaristas y, a veces, tramposos.

La izquierda se abona a la tesis de que “gobernar es gastar”, sin tener en cuenta que para repartir hay que tener. Confían en que habrá margen para más deuda, lo cual es una hipótesis arriesgada, ya que la beneficencia del BCE respecto a tipos y compra indiscriminada de bonos puede acabar antes o después.

La oferta de la derecha, Partido Popular y Ciudadanos, es diferente a la socialista, más que nunca. Las propuestas de Luis Garicano y de Daniel Lacalle, que aparentan de zares económicos de ambos partidos, son suficientemente conocidas: bajar impuestos, reformar el sistema, simplificarlo. Más radical Lacalle que Garicano, pero con semejantes fundamentos básicos. La derecha no se inclina solo por gastar, también por ordenar el sistema, por reducir o mantener los impuestos y no ejercer de distribuidores hegemónicos de rentas para igualar.

Ambas ofertas, la de la derecha y la de la izquierda, llegan más diferenciadas que nunca antes. No han entrado en detalles, no vienen acompañadas de hojas de cálculo con detalles sobre donde van a situar ingresos y gastos y cómo afectan a cada grupo social. La derecha se preocupa más por responder a la pregunta: ¿Quién y cómo va a pagar? Y la izquierda se centra en prometer a cuantos esperan recibir.

Como el voto casi siempre es emocional, un acto de simpatía o amor, no es probable que las estrategias fiscales sean determinantes para elegir una u otra papeleta, pero en esta ocasión es fácil saber quiénes van a exigir más o menos y quiénes repartirán con más o menos largueza.