La prensa, indicador de calidad democrática

Los estudiosos del desarrollo humano y de la calidad de la democracia utilizan diversos indicadores para elaborar índices al efecto. Se interesan por estadísticas de educación, de sanidad, de bienes disponibles (automóviles, teléfonos, electrodomésticos…) y también por la separación de poderes, la independencia de la justicia, la limpieza de los procesos electorales, los niveles de corrupción percibida o registrada, la seguridad jurídica, la independencia de los regulares y muy en concreto del banco central… También índices de libertad de expresión y pluralismo informativo. Con todas esas estadísticas ponderadas de distintas maneras por instituciones como el banco Mundial, el foro de Davos, The Economist, universidades y fundaciones… se elaboran y publican índices y rankings que gozan de razonable aceptación de la opinión pública y sirven como indicativos y referentes del desarrollo de un país y de la calidad de su sistema político.

Un indicador insuficientemente trabajado y poco elaborado es el del pluralismo informativo y la credibilidad de los medios de información de los distintos países y en sus distintos ámbitos: nacional o local, general o especializado. Pero no hacen falta muchos datos para apreciar que la calidad del periodismo informativo y de opinión de un país suele ser paralela a la de la calidad de la democracia.

Los países desarrollados y con democracias avanzadas, las sociedades más educadas y libres, suelen disponer de medios informativos independientes y creíbles, elaborados por periodistas con reputación. No hace falta que todos los medios gocen de credibilidad, basta con que haya un universo suficiente como para garantizar que los ciudadanos pueden saber lo que ocurre, que disponen de una oferta de voces y opiniones amplias y suficientes para entender. En resumen que hay un universo periodístico que cumple una función de control de los poderes, que proporciona tribuna para todas las opiniones y que trabajo con el objetivo de una diligente búsqueda de la verdad.

El respeto de los políticos por ese tipo de prensa y de periodismo sirve para calibrar sus intenciones y su pasión por la libertad. La relación de políticos y periodistas tiende a ser compleja, conflictiva, y si no lo es es que unos u otros no hacen bien su trabajo. Los periodistas son incómodos para los políticos (¡siempre indagando!, ¡siempre negativos!, ¡siempre inoportunos!, ¡siempre insuficientemente informados y poco comprensivos!…) pero así es la vida y así debe ser. También los políticos son irritantes para los periodistas por ambiguos, por evasivos… lo cual probablemente es inevitable, insuperable. Como ambos se necesitan lo deseable es que convivan solo lo razonable, en la discrepancia, cada cual por su acera con razonable distancia y sin compadreos.

El desdén de los políticos por el periodismo es proverbial; y a veces fundado; pero sin periodismo la democracia no funciona. Por eso mismo los políticos que colocan a la prensa como diana de sus críticas evidencian credenciales democráticas débiles, se hacen sospechosos de enemistad con la libertad y la verdad.

Estos últimos días comprobamos que los candidatos que habitan en los extremos del espectro político arremeten contra la prensa y se quejan por un tratamiento insuficiente o poco amable. Pablo iglesias, quizá uno de los políticos más atendido y glosado en los medios, se queja de parcialidad y manipulación. Y otro tanto se oye de los portavoces de VOX. Los populismos más pujantes (Trump, Bolsonaro, Salvini, Orban…) o los autoritarios más militantes (Putin, Maduro, Erdogan…) coinciden en su antipatía hacia los periodistas a los que evitan y a los que persiguen y desprecian. Es un buen indicador del interés y la pasión por la libertad.