El desasosiego que producen las encuestas

Hay una corriente de opinión que desdeña las encuestas electorales, que duda de su capacidad predictiva y que recela de la competencia de los especialistas. Sostienen que se equivocan demasiado, que aciertan por casualidad y yerran por necesidad. No comparto semejante hipótesis, las encuestas son necesarias, aportan elementos de referencia y dan señales importantes a los candidatos. Sin encuestas van a ciegas aunque solo con encuestas pueden perder el rumbo.

En España el conjunto de expertos que gestionan las encuestas electorales son competentes, profesionales y disponen de buenas herramientas de análisis e investigación. Cada maestrillo maneja su librillo aunque los datos primarios suelen ser compartidos y proporcionan una base consistente. El destilado final no coincide, cada experto aporta su propio sesgo aunque todos tienden a no salirse del carril de tendencia dominante.

Durante cuarenta años el sector demoscópico ha evolucionado como la media del país; han aprovechado la experiencia y se han ganado un puesto en el mercado de la política. Todos los partidos y los preocupados e interesados por la política tienen sus encuestadores de cabecera y todos atienden el trabajo de los demás para ajustar su propia previsión.

Un dato es que cada encuesta tiene un período de ejecución, un procedimiento de recogida y de análisis de datos y proporciona una foto fija, estática, de las expectativas electorales en ese momento. Y otro dato es que en todas las encuestas hay un porcentaje apreciable de personas que tiene su voto decidido y no lo cambiará y otro porcentaje, también apreciable, que duda sobre si irá a votar y por quién lo hará. De manera que entre indecisos y volátiles que deciden a última hora la fiabilidad de las encuestas queda comprometida. Los encuestadores más profesionales insisten en que su trabajo consiste en marcar tendencias y preferencias, más que en adivinar resultados.

Luego cuenta la coyuntura, la estabilidad social y la volatilidad de los votantes. En estos momentos esa volatilidad importa, cuenta y alcanza cotas sin precedentes. Es lógico, los propios candidatos dan bandazos en sus estrategias y saben que hemos entrado en una fase nueva tras el agotamiento del bipartidismo, la polarización de las opiniones y la incertidumbre de las inevitables alianzas postelectorales.

La foto fija que trasmiten las últimas encuestas acentúa la volatilidad y la incertidumbre. Hasta última hora (anoche) no se han perfilado las candidaturas, tanto los nombres como las siglas concurrentes. Que en Cataluña compita una lista próxima a las CUP o no, influirá en los votantes; la fragmentación de Podemos y sus confluencias también va a contar en los resultados definitivos y otro tanto con el impacto de los fichajes electorales de última hora, con generales y toreros como reclamo para atraer algunos segmentos del electorado.

Las últimas encuestas dibujan variantes de alianzas posibles; todo dependerá de la aritmética electoral que no conoceremos hasta el día después. Para la noche electoral se recomienda mucha calma, mucha serenidad y bastante paciencia; hasta que no se proclamen los resultados no conviene dar por finalizada la votación. Lo que cuenta no son los votos, sino los escaños atribuidos: las generales no son una sola elección, más bien 50 elecciones simultáneas con distinta escala a la hora de asignar escaños. Ese dato complica los pronósticos y las estrategias.

Y en momentos de volatilidad las encuestas en vez de tranquilizar a los candidatos les producen desasosiego; nada es seguro, mucho es probable y un porcentaje marginal de votos puede determinar una mayoría y un esquema de gobierno. Sin descartar que ningún gobierno sea posible este año, tal y como ocurrió en 2015.