La economía pierde fuelle, sin amenaza de recesión (ahora)

La economía española va a menos, el crecimiento se sitúa en torno al 2%, un punto menos que el trienio anterior, pero también un punto más que la media de la zona euro, muy castigada por la recesión italiana (por méritos propios muy trabajados) y el estancamiento alamán (afectado por la caída de las exportaciones atribuible a las guerras arancelarias de Trump y los chinos). Lo que interesa a los españoles es que las expectativas de empleo palidecen después de cuatro años de recuperación.

Es obvio que los últimos años han sido buenos, aunque por el camino quedan pendientes serios problemas de desigualdad y de descuelgue de un segmento apreciable de ciudadanos; mejores que la media europea, ese es el argumento recurrente de los gobernantes (del PP-Rajoy antes y del PSOE-Sánchez ahora) pero insuficiente para acortar el gap que nos separó durante la doble crisis 2008-2013.

El director de la OCDE, Angel Gurría, en casos como éste suele decir: aplausos, enhorabuena, pero solo unos pocos segundos, porque lo que queda por hacer no admite ni complacencias ni demora. No le falta razón, la economía española muestra fortaleza, pero padece de debilidades preocupantes. Se sostiene por la demanda interna, por la confianza de los españoles en sí mismos, por un optimismo que contrasta con el recelo que pinta las encuestas. La actividad se sostiene por las exportaciones (en tasas superiores a la media europea, lo cual es una novedad histórica) pero hay limitaciones evidentes: una tasa de paro escandalosa, una precariedad decepcionante y una deuda que pesa demasiado y constituye una amenaza para el futuro.

La anterior crisis, que fue doble, evidenció debilidades estructurales, que acentuaron la caída y que han sido insuficientemente analizadas y asimiladas por los dirigentes políticos. Por eso inquieta que una nueva recesión vuelva a discurrir por un patrón semejante: con una caída en vertical de la actividad y del empleo. La resiliencia europea a la anterior recesión mitigó la caída y acercó la recuperación; no fue ese el caso español, cuya economía llego a perder un 10% durante los cuatro años duros de crisis.

No hay datos en este momento para pronosticar una recesión inminente, lo dicen todos los servicios de estudios encabezados por el banco de España y por los organismos internacionales, pero si decaen las expectativas y se acumulan noticias negativas el cambio de tendencia será inmediato, súbito y acentuado.

En este caso no es probable que de fuera lleguen vientos de cola para frenar la caída, pero tampoco hay margen de maniobra nacional para atajar la crisis; de la política presupuestaria no cabe esperar nada y las tareas pendientes en materia fiscales son inabordables desde gobiernos débiles como los de hoy y mañana. Hay pocas ideas, menos consenso y poca autoridad para educar, sensibilizar y movilizar a los ciudadanos. Los políticos actuales andan listos a la hora de elogiarse y de criticar al adversario, pero poco más; sus explicaciones son débiles, su análisis pobre y sus propuestas vaporosas. La recesión no está en vísperas, pero la caída de la actividad es un hecho evidente.