El “procés” está muerto, pero sin entierro

La composición de las listas electorales en el PdCAT cursa con emociones internas indicativas de un estado de ánimo que va de la confianza a la obcecación, aunque con “extrema tristeza” y tomo la expresión de un comentarista soberanista. Este fin de semana una persona muy enterada de lo que pasa en Cataluña, que conoce y habla con todos los personajes, que sufre por lo que está ocurriendo y que ha tratado de mediar desde la razón me decía: “El procés está muerto, pero eso no cambia nada, seguirán teniendo los mismos votos”. Está muerto pero nadie autorizado va a extender el preceptivo certificado de defunción previo0 al enterramiento y al funeral. De nuevo emerge el concepto orteguiano de la “conllevanza”, habrá que conllevar, en Cataluña y en España, la cuestión catalana.

Allí tendrán que digerir los acontecimientos y lo que viene, será un proceso lento, triste y decepcionante, que pasará por algún instante de euforia que se disipará al rato. John Carlin puede sostener en La Vanguardia que el juicio en el Supremo es una farsa que produce rechifla internacional, que lo que tienen que hacer es ponerle punto final y mandar los presos a casa, pero no parece que esa vaya a concretarse en esos términos, más bien parece una ofuscación coyuntural. Y aquí, en Madrid y aledaños, tendrán que tomar distancia de lo catalán, mostrar respeto y no meterse en camisas de once varas para arreglar o desarreglar lo que tienen que recomponer ellos.

Más sereno, unas páginas antes, Jordi Amat recurre a Josep Pla para iluminar la situación. Decía Pla: “muchos políticos que la gente pensaba que lo eran resultaron de una vaciedad tumbal. La política exige un temperamento específico. Si no se tiene, si no es más que una forma u otra de fanfarronada diletantísima, no hay política posible. La fanfarronada diletantísima puede provenir tanto del perfeccionismo utópico como de la ignorancia más acreditada y cierta”. Y desde esas frases Amat concluye: volvemos a estar aquí. (Plan escribió lo anterior mediados los años veinte del pasado siglo) Descentrados. Otra vez sin clase dirigente. Sin política. En medio de una crisis de autoridad en el peor momento posible. La política catalana, carente de un centro institucional fuerte, solo se puede desarrollar de manera sonámbula.

Sonámbulos parece los dirigentes que colocan a los presos como eje central de la política catalana, cabeceras de carteles electorales inviables, aunque lleguen a cosechar muchos votos de los que siguen imaginando que la república es la solución sin darse cuenta que todo anda demasiado entrelazado como para soportar la unilateralidad, la propia voluntad soberana para hacer lo que le place a cada cual.

El “procés” está muerto desde antes de nacer, era un farol, una estrategia de negociación, que se quedó colgada en el vacío cuando necesitaba tierra firme. El problema es que el muerto permanece en el velatorio, sin entender y asumir la realidad, esperando el milagro criogénico.