Contradicciones “independientes”: el procés fue éxito o un simulacro

¿Qué ocurrió en Cataluña en septiembre y octubre de 2017? El celebrado “procés”, emocionante y heroico en opinión de sus promotores y protagonistas, ¿fue un éxito o un mero simulacro”. Para el discurso público, el de Puigdemont, fue un éxito que le impone un mandato vital. Pero los acusados ante el Supremo y sus defensores, abogados y testigos, aquello fue una manifestación ciudadana, festiva, patriótica, pacífica y nada ilegal, nada subversiva, ni rebelión, ni sedición. Entre ambas pasiones hay un mundo, son dos relatos diferentes sobre los mismos hechos.

En el lado “indepe” hay inquietud, hasta ahora habían dominado el relato pero el transcurso del juicio va averiando ese relato y construyendo otro alternativo muchos menos admirable de lo que pretenden. Aparece el rostro feo del “procés” y eso no va a bien a los actores del mismo, ni siquiera a quienes no están con ellos pero defienden una vía tercenista, moderada, una negociación para buscar una solución.

El relato de la letrada judicial y su peripecia profesional el 20 de septiembre en la consejería de Economía, ha caído como lluvia limpiadora que elimina los afeites y deja ver las arrugas. El intento de abogados y de todos los altavoces “independientes” en medios y redes sociales (incluidos terceristas como el director de La Vanguardia) tratan de rebajar el testimonio de la agente judicial calificándolo de “relato peliculero” alejado del carácter de “hechos” que deben lucir en sala judicial. Entre relato y hechos puede haber distancia, según sea uno u otros. Para la testigo hechos son los que ella sufrió y vivió aquel día,durante una larguísima jornada de trabajo que no olvidará en su vida.

El problema para los acusados radica en que tienen que desestructurar su discurso independentista durante aquellos días y posteriores para estructurar otro relato amable ante los jueces. Tienen que convencer a los jueces que van formándose un juicio tras la lectura de los escritos de acusaciones y defensas, de los testimonios orales y, en breve, de las pruebas documentales, incluidas imágenes.

Los “indepes” son víctimas en el tribunal de sus propios éxitos anteriores, de su organización, de su base social, del reparto de tareas, de la astucia que tanto ensalzó Artur Mas cuando se sumó al soberanismo independentista, cuando abrazó la vía unilateral (de la que se apearon algunos de sus compañeros de partido y gobierno).

Acreditaron astucia, la proclamaron el 1 de octubre cuando no aparecieron los tanques por la Diagonal, algunos imaginaron esa foto, soñaron con ella como hecho precipitante para lograr su objetivo, pero se esgrimieron las porras de la policía que tenía una encomienda judicial para evitar que se cometieran actos contra la ley y los mandatos judiciales.

Que hubo personas organizadas para “defender” las urnas, para esconderlas antes y para llenarlas después, es obvio. Nadie puede negarlo. Como que la policía tenía un mandato que cumplir. El choque de ambas voluntades produjo consecuencias, era inevitable. Y eso es lo que acusados y defensores quieren que se juzgue en el Supremo. Pero no es eso lo que se está juzgando, tal y como reitera con prudencia el presidente de la sala.

El choque de ambos objetivos es evidente, irreconciliable, lo cual lleva a estimar que si las cosas siguen la evolución de estos días es probable que los acusados opten por reventar el juicio, por un plante de los abogados que paralice el proceso, lo retrase y lo averíe, aunque solo sea para evitar que el relato que se está imponiendo llegue más lejos.