El juicio entra en materia: llegan los técnicos

El juicio del “procés” va cubriendo plazos en el Supremo bajo el control riguroso, puntilloso, del presidente Marchena que no quiere que quede la más leve mácula por indefensión de los procesados. Hasta ahora los informes han sido más o menos previsibles de defensas y acusaciones; en la parte testifical han desfilado los testigos más pintureros, las estrellas políticas más mediáticas (políticos de primera fila con Rajoy y Mas entre ellos). Poco han aportado, unos han escurrido el bulto, casi todos se han empequeñecido en la sala, y todos han evitado salir con brillo. Los portavoces “indepes” han reafirmado su fe con argumentos poco útiles a la causa aunque les irá bien ante sus parroquias.

Y entre los acusados se notan dos estrategias en los testimonios de los acusados y en las actuaciones de las defensas: la política que ratifica la insurgencia (a mucha honra), y la técnica que trata de minimizar los daños. Todos insisten en que la búsqueda de la independencia forma parte de su objetivo en la vida, pero algunos tratan de convencer a los jueces de que lo que hicieron con sus votos, sus firmas y sus actos fue simbólico, sin consecuencias; y sin pararse en barras sobre lo que eso puede suponer de frustración para sus seguidores. Confían en su comprensión, que entiendan que ante un tribunal español (franquista) hay que disimular.

El juicio empezó con mucho seguimiento nacional e internacional pero a los pocos días la atención decayó; demasiado técnico, algo aburrido, prosa dura. Pero para lo que saben de lo que va y les interesa la justicia penal (y la política) el discurrir del proceso se hace cada día más sugestivo. Al mismo tiempo el ánimo de los acusados se ensombrece porque lo que ellos imaginaron y calcularon no se ajusta a lo que está pasando.

La configuración de los comportamientos de los acusados y su calado penal, cada día se hace más agobiante. La cuestión de la rebelión queda al criterio de los jueces que decidirán lo que estimen oportuno y acotarán en su escrito final (en la sentencia) los límites y la característica de la violencia en lo que afecta al actual Código Penal vigente. Se sentará un precedente interesante. Otra cuestión es lo que tenga que ver con las figuras de la sedición, la desobediencia y la malversación.

Para todo ello esta semana ha empezado un desfile de testigos que a algunos les parecerá un aburrimiento por reiterativo e incluso tedioso, pero para otros nos parece que viene lo mollar, lo que va a pespuntear y fundamentar la sentencia. Las tres horas de interrogatorio del que fue secretario de estado de seguridad fueran más útiles que las anteriores de sus superiores jerárquicos. Otro tanto para los que fueron secretarios de la Mesa por las minorías (Ciudadanos y PSC). Y más interesantes aun las de los letrados del Parlamento catalán que advirtieron a la Presidenta y a la Mesa de los riesgos penales en los que estaban incurriendo una y otra vez. Mañana martes llega el coronel de la Guardia Civil que tuvo bajo su mando las fuerzas de seguridad en los días críticos; y luego las declaraciones de policías y de otros testigos de autos. Serán testimonios decisivos para redactar la sentencia y su fallo. Por lo que vamos escuchando no pinta bien para los acusados.

Los fiscales van dibujando un relato consistente, objetivo, que los defensores tratan de agujerear con éxito limitado. La acusación popular está de sobra, ni pincha ni corta. El presidente del Supremo domina el escenario, está en su sala y se nota, y, hasta ahora, contiene tanto a los defensores como a la acusación popular, incluso a los fiscales que actúan con cautela. Da carrete, pero solo hasta que pone luz roja.