Incertidumbres de una elección imprevisible  

La fallida alianza no escrita entre el PSOE de Sánchez y los independentistas catalanes provocó el anticipo electoral, 16 meses antes del plazo para agotar la legislatura. Punto final a dos convulsas legislaturas (la XI y la XII) que han durado 37 meses y han proporcionado tres perfiles de gobierno: el provisional de Rajoy que ocupó 10 meses de 2016; el efectivo de Rajoy, en minoría tras una investidura tolerada por la abstención de los socialistas, transcurrido entre 2017 y el primer semestre de 2018. Y el socialista de Sánchez, también en minoría, fruto de la moción de censura contra Rajoy.

Tres años de inestabilidad, de polarización y de crisis, para todos los partidos, los del consenso y el bipartidismo imperfecto de las diez legislaturas anteriores (36 años), y los nuevos partidos que emergieron con las elecciones europeas de mayo 2014, celebradas tras las movilizaciones del 15M y la Gran Recesión (2008-14). Tres años que han cursado con pérdidas de credibilidad para todos los partidos, pese a una recuperación económica con crecimientos del PIB del 3% anual (un punto más que la media de la zona euro) y creación de millón y medio de empleos netos. Las secuelas de la crisis no han cicatrizado.

El actual Presidente del gobierno disolvió las cámaras una vez que sus aliados independentistas apoyaron las enmiendas de totalidad a los Presupuestos 2019. El presidente anticipó que aun sin Presupuestos podría completar la legislatura pero a ese factor se unió la negociación con los independentistas catalanes que abrió, de nuevo, una brecha interna en el PSOE (el debate del “relator”) que llevó al Presidente a la disolución.

Afrontamos ahora las elecciones más complicadas e imprevisibles de la historia de la democracia, con muchos electores indecisos dos meses antes de depositar su voto. Unas elecciones con mucha oferta y con expectativas de que nadie alcanzará el 30%, lo cual aboca no ya a alianzas de investidura sino a un gobierno de coalición, una experiencia novedosa, sobre la que no hay aprendizaje.

El 5 de marzo se publicará el decreto de disolución y a partir de ese día empiezan a correr plazos implacables. En diez días hay componer las juntas electorales, presentar las coaliciones electorales y publicar el censo. Y diez días más tarde presentar las listas electorales. En ese corto espacio de tiempo los partidos tienen que formalizar las coaliciones y componer las listas ordenadas con un 40% de mujeres (¿u hombres?) colocados de forma proporcionada.

A estas alturas hay incertidumbre en las coaliciones que pueden afectar a los resultados. PSOE, PP, Ciudadanos, Vox, PNV y ERC tienen bastante clara so oferta, sus coaliciones con de baja intensidad. No es ese el caso de los otros dos grupos parlamentarios actuales. Podemos y sus confluencias y PDeCat (antes CiU) no han clarificado su oferta. Podemos está presente en la cámara a través de cuatro composiciones: la principal en alianza con EQUO, IU y otros  que cuenta ahora con 45 escaños (37 de Podemos, 4 IU, 3 EQUO y 1 otros); la catalana, en Común Podemos, 12 diputados repartidos entre seis siglas; la valenciana de Compromis, 9 diputados repartidos entre cuatro siglas; y la gallega En Marea, 5 escaños para tres siglas. A estas alturas la geometría y aritmética de todas estas coaliciones es incierta, hay más posibilidades de fragmentación que de lo contrario, lo cual complicará el resultado y resta efectividad a las encuestas actuales, especialmente cuando adscriben escaños. Otr5o tanto para la vieja convergencia creada por Jordi Pujol hace casi cincuenta años, no está clara la denominación, ni la lista, sin descartar desviación y fraccionamiento hacia otras listas.

Estas elecciones van a ser distintas, aplicar el patrón de las anteriores puede despistar más que explicar. Lo mejor es que solo faltan 63 días; lo peor es que un mes después hay que volver a votar: un despilfarro, un disparate con dos responsables-causantes: Rajoy (que bien hubiera hecho dimitiendo tras las elecciones de 2015, cuando el PP perdió más de tres millones de votos); y Sánchez, que pudo haber unificado todas las elecciones por sentido común y respeto a la ciudadanía y al Presupuesto.