El fracaso del “Pacto de Toledo” como síntoma

El certificado de defunción del “Pacto de Toledo” está en capilla, aún no se ha firmado pero los hechos evidencian que ha dejado de ser operativo. El fallido intento de consenso para aprobar las “21 recomendaciones” sobre las que ha trabajado la subcomisión durante los últimos meses supone el canto del cisne del Pacto. Se trata de uno de los pocos edificios del “consenso parlamentario” que quedaban en pie y que ahora es inútil. Concluirá la XII legislatura y salvo milagro de última hora, no habrá recomendaciones, ni siquiera de mínimos, ni siquiera para dar una apariencia y salvar la cara.

El Pacto es fruto del debate electoral en las televisiones que mantuvieron el año 1993 los candidatos Felipe González y José María Aznar. Se tiraron a la cabeza las pensiones para sacar ventaja, luego concluyeron que se trataba de una materia demasiado sensible para someterla al fuego cruzado de la lucha partidista.

Una proposición no de ley el año 1995 del grupo CiU (17 escaños), aliado del PSOE en el Parlamento para sostener un gobierno en minoría (159 escaños) planteó la oportunidad de un acuerdo de amplia mayoría, incluido el PP, para constituir un grupo de trabajo, luego subcomisión parlamentaria, para el análisis de la sostenibilidad del sistema de pensiones y las propuestas para su reforma. El Pacto funcionó y sirvió para la reforma gradual del sistema mediante consenso.

La agonía del Pacto llegó en paralelo a la agonía del consenso. La reforma de pensiones (urgente, inevitable, sugerida por todos los expertos nacionales e internacionales) abordada por el gobierno Zapatero el año 2011 no fue secundada por el PP de Rajoy (que luego lamentó la decisión) determinado a negar el pan y la sal al gobierno. Desde aquel momento el Pacto de pensiones quedó superado, pero todos decidieron mantener la apariencia.

Dos años después (2013) el gobierno Rajoy (con mayoría) abordó una nueva reforma coherente con las recomendaciones previas del Pacto y de la comisión de expertos creada meses antes. En esta ocasión fue el PSOE el que negó el pan y la sal al gobierno del PP, clavando otro clavo en el ataúd del Pacto. El grupo catalán (y el vasco) fueron los leales al Pacto con propuestas constructivas e inteligentes.

A lo largo de la década, que ya toca al final, el sistema de pensiones ha registrado déficit creciente y constante hasta agotar el Fondo de Reserva (la llamada hucha) acumulado durante la década anterior. El Fondo es uno de los frutos del inicial Pacto de Toledo. Además el sistema ha recurrido a sucesivos créditos del Estado para poder atender el pago de las pensiones. El déficit anual se sitúa estos últimos años (y durará los próximos) entre 15.000 y 18.000 millones de euros, una cifra difícil de asumir en el futuro que abocará a una reforma en profundidad del sistema.

Durante los últimos meses la comparecencia ante la subcomisión del Pacto de Toledo de decenas de expertos para analizar y proponer alternativas ha sido fértil en cuanto a las medidas recomendadas, con carácter gradual y explicaciones fundadas. Nada de eso ha servido, las alternativas son conocidas, viables, experimentadas en otros sistemas, pero los grupos parlamentarios han sido incapaces de llegar a un acuerdo.

La única explicación ante semejante incompetencia es de confrontación partidista, demagogia electoralista o ignorancia de la dimensión del problema. El síntoma que acredita el fracaso es el del derrumbe del consenso y de la utilidad del acuerdo para resolver problemas que agobian a los ciudadanos. Todo queda para la próxima legislatura, pendiente de la aritmética parlamentaria y de los pactos parlamentarios.