Cordones sanitarios y polarización

El “cordón sanitario” se ha convertido en un principio de la actual práctica política este siglo, que contrasta con el “consenso” (incluido el desencanto) de la Transición y de los primeros decenios de la democracia. Ahora se habla de “cordón sanitario” como declaración de distancia o extrañamiento de otros. Se trata de una vieja expresión que significa colocar una barrera para evitar una infección peligrosa, que puede afectar a una amenaza sanitaria o ideológica. La Francia imperial de 1822 colocó un cordón sanitario en los Pirineos para que no se expandieran desde España las ideas constitucionalistas de 1808; luego vino la invasión llamada de los cien mil hijos de San Luis que restauraron el absolutismo del Borbón felón, de Fernando VII. Los Estados Unidos, por recomendación del diplomático George Kenan para establecer un cordón sanitario frente a la URSS y sustentar la “guerra fría”. Otros cordones sanitarios más contundentes fueron el muro de Berlín o el llamado “telón de acero”. Precedentes poco estimulantes para revivirlos y para construir estrategias políticas democráticas de progreso.

En España y en este siglo el primer “cordón sanitario” lo trajo el llamado Pacto del Tinell (diciembre de 2003), con el diputado socialista Iceta como muñidor, que habilitó un acuerdo entre PSC, RC e ICV (herederos del PSUC, ecologistas y otros) para componer el gobierno tripartito que desalojó a la Convergencia de Pujol-Mas del gobierno catalán, tras más de tres décadas de pujolismo continuado.

Las insuficientes mayorías de CiU (46 diputados, perdieron 10) y del PCS (42, perdieron 10) dejó a ambos noqueados, esperaban mejor resultado, especialmente Pascual Maragall. Los convergentes de Mas no se atrevieron a pactar con ERC (enemigo histórico) a pesar de que juntos sumaban una mayoría (69 escaños). En esas circunstancias el astuto Iceta convenció a ERC (23 escaños) y a ICV (9) para componer una mayoría, el tripartito, para mandar al heredero de Pujol a la oposición. Los 15 escaños del PP (Piqué) no servían para nada y desde aquel momento empezó la decadencia de ese partido en Cataluña, hasta su actual irrelevancia. El tripartito se cimentó en el principio del aislamiento, del cordón sanitario, del PP y, de alguna manera de CiU. De aquel acuerdo excluyente, sectario, vienen muchos de los problemas actuales.

Aquella estrategia llegó a la vida política de este siglo para quedarse, desde entonces el aislamiento de los contrarios entró en las tácticas políticas de distintos partidos, y digo táctica y no estrategia, porque cuando han precisado pactar por exigencia aritmética se han olvidado de la exclusión y han pactado.

Por eso las rimbombantes declaraciones de unos u otros, sobre pactos futuros es poco creíble; lo dicen pero si tienen que desdecirse por conveniencia sobrevenida lo hacen. Ciudadanos ha pactado con PP y PSOE a lo largo de los últimos años con buenas razones. Y viceversa. Y PP y PSOE no han pactado gobiernos pero han sumado sus votos para poner el vigor más de dos tercios de las leyes vigentes con la Constitución en primer término. De manera que los “cordones” son provisionales, cuando convienen.

La credibilidad de Sánchez es limitada, sostiene lo mismo y lo contrario según le venga y en plazos demasiado cortes. Y algo semejante hay que aplicar a Rivera asaltado pro pánicos escénicos por su propia posición central en el tablero que le lleva a bascular a uno u otro lado según vengan los vientos. Se le notó cuando apoyó el Presupuesto Rajoy para 2018, se le ha vuelto a notar con la reciente manifestación en la plaza de Colón y se le nota ahora cuando anuncia que no pactará con el PSOE.

La mayor aportación de Sánchez a la política fue aquel lema del “No es No”, que luego fue Sí, o depende o ya veremos. Y Rivera presenta un sesgo semejante. Conclusión provisional a estas horas: baja credibilidad, no hay que hacerles casos, palabras vanas, mera táctica que cambia en cuanto el cronómetro vuelve a contar.