Sánchez y el arte del ajedrez, a los movimientos sucesivos

En sus consejos al príncipe Nicolás de Maquiavelo advertía que lo difícil no es conquistar los reinos, el problema radica en mantenerlos y engrandecerlos. Maquiavelo apelaba a la capacidad para preparar los siguientes movimientos, estrategia típica de los buenos jugadores de ajedrez: calcular, prevenir, anticipar. Ignoro si Pedro Sánchez es jugador de ajedrez, ignoro también si ha estudiado a Maquiavelo; sospecho que anda pez en ambas asignaturas. Me parece más audaz que calculador, más lanzado que precavido, aunque parece taimado, receloso y poco consistente. Por tanto imprevisible.

Cuando topó con una dificultad extraordinaria fracasó con estrépito. No supo gestionar la penosa crisis de la ejecutiva federal del 1 de octubre de 2016, que le expulsó del liderazgo del partido con desorden. Luego recompuso su posición hasta recuperar el liderazgo de un partido desangrado. Es su mérito, logrado por audaz. Dos años después logró otro golpe de éxito con la moción de censura que le llevó a la Moncloa cuando pocos imaginaron algo semejante.

Esos son sus méritos, conquistar “los reinos”; pero tras conquistar hay que consolidar, mantener y engrandecer. Y esos objetivos no les ha alcanzado Sánchez, al menos por ahora. Los aliados coyunturales que le llevaron a la Moncloa le han dejado tirado ocho meses después votando en contra de la Ley de Presupuestos para 2019 a la que Sánchez confiaba el segundo tramo de la legislatura.

Lo que vaya a decidir Sánchez mañana lo sabe él, o lo sabrá en ese momento. Puede disolver (lo más probable) o puede optar por aguantar y dejar pasar las elecciones previstas para el 26 de mayo. Todo dependerá del cálculo electoral al que otorgue más crédito entre los escenarios dibujados por los asesores.

Hay quien propone que el mejor resultado para el PSOE y para Sánchez se producirá en las generales, que hay debilidad en los adversarios y que el PSOE puede consolidar su suelo electoral y, además, ganar votantes fugados a Podemos, a Ciudadanos y a la abstención. Que la posición del PSOE es mala, pero que los demás están peor y que la coyuntura le ha alejado de los “indepes” (una baza que puede esgrimir en campaña) al tiempo que le acerca a los votantes secantes con otras opciones electorales.

Hay razones para estimar que al PSOE le va mejor apostar a las generales antes que las europeas-autonómicas-municipales del 26 de mayo. Pero también hay quien apunta que dos elecciones separadas por menos de un mes suponen una costosa irresponsabilidad que pasará factura.

Lo que parece evidente es que Sánchez es audaz pero poco cauteloso a la hora de medir los siguientes movimientos. Que su gobierno era muy débil era obvio, pero apostó por una censura constructiva y legítima que le llevó a la Moncloa sin acuerdos, sin programa, sin proyecto más allá de ganar la posición y aguantar para mejorar las expectativas electorales para 2019 y 2020.

Compuso un gobierno “bonito” y se entregó al marketing, a la propaganda con pretensiones tan ambiciosas como la de que podía revertir los errores de Rajoy: por eso sostiene que en siete meses ha hecho más que Rajoy en siete años. La realidad es mediocre, apenas tiene triunfos durables que enseñar, ha amagado más que logrado y lo vistoso (SMI, IPC para las pensiones…) es más aparente que efectivo.

La política española entra en una pendiente imprevisible y vertiginosa para lo que queda de 2019, un período en el que debe recomponerse el mapa parlamentario con una aritmética y geometría de pactos sin precedentes. Ningún grupo parlamentarios de la próxima legislatura (la XIII) tendrá más de cien diputados y lo más probable es que para formar gobierno (y sostenerlo) se precisará el acuerdo de tres o más grupos. Todo muy complicado, muy incierto, muy apasionante.