Derecha-izquierda, ¿quién (des) cohesiona a quién?

El debate (?) político nacional (y el internacional) se desliza por ejes emocionales, disparatados y en ocasiones, nauseabundos. Una calificación esta última que ha utilizado un dirigente del PNV para adjetivar a otros partidos que, en este momento, no le caen simpáticos, otro día, ya veremos. El vocabulario político está dando un salto cualitativo hacia la grosería y el exceso. Ya no es que se insulte de “fascista” a cualquier adversario sino que resucitan conceptos antiguos como “traidor”, “felón” con pretensiones de insulto definitivo, irreversibles. El resultado es un escenario político polarizado, enfrentado, belicoso (ellos contra nosotros y al revés) que es incompatible con la democracia, con el pluralismo y la convivencia.

Les hay que sostienen que la fragmentación suma, que la división abrupta, personal, entre Iglesias y Errejón, acabará sumando mejor, algo así como que 1+1 (dos carteles electorales) darán más de dos. Nada lo avala, no hay verificación posible, hasta que ocurra, pero la lógica apunta a que esos procesos no suman, que la confrontación partidista desmoviliza y resta votos, que 1 más 1 puede dar menos de uno. Pero como conviene al discurso dicen que va a ocurrir lo contrario.

Les hay, también, que sostienen que la confrontación cohesiona, que el miedo a la derecha galvaniza a la izquierda y al revés, que los excesos de la izquierda moviliza a la derecha. Cuando los ciudadanos voten sabremos si esa hipótesis se sustenta, pero más bien puede ocurrir lo contrario, especialmente en sociedades avanzadas (la española) que temen las incertidumbres, que recelan de un futuro incierto y aventurero.

Los dos partidos tradicionales, legacy, están en crisis desde 2014 (elecciones europeas) pero no quieren reflexionar y cambiar, al contrario se entregan a aventuras inconsistentes e irreales. Cuando lo inteligente sería buscar las zonas de confluencia insisten en enfatizar las discrepancias, más aparentes que reales, más gritonas que reflexivas. En ese caldo de cultivo los “indepes” detectan oportunidades que les permiten seguir machacando en el clavo torcido ¿Imagina Sánchez que los indepes que le sostienen van a dar marcha atrás a la autodeterminación y la independencia? ¿Esperan los indepes lograr esos objetivo a corto o medio plazo en el mundo actual? La respuesta a ambas preguntas es negativa; no es posible. Y deben saberlo, pero han decidido insistir porque esperan sacar réditos de lo improbable imposible.

El debate sobre el “relator” o “mediador” (las palabras quieren decir lo que el que las pronuncia quiere, al margen de que los interlocutores entiendan otra cosa) es estúpido pero alcanza carácter de categoría, de asunto relevante, por el énfasis tramposo que le dan quienes lo esgrimen. Carmen Calvo dice que es cosa menor, pero tras una hora de discurso no consigue aclarar, ni explicar, y los periodistas presentes la dejan en evidencia. El argumentario de los portavoces del Gobierno (y del partido afín) es de avería, dedica más énfasis a descalificar a los otros partidos que a argumentar su estrategia que, cuando menos, es confusa, ambigua y aventurera. Paso a paso el debate político se desliza hacia lo insoportable, lo deprimente y lo estéril; hacia una democracia averiada, incapaz y decepcionante.

La estrategia de la izquierda no va a cohesionar a la derecha, ni lo contrario. Lo más probable es que desincentiven, desmovilicen y empujen a la abstención a esos segmentos secantes que suelen decantar el voto a uno u otro lado. En cien días, el 26 de mayo, podremos verificarlo.