Las lecciones de los taxistas: excavar la crisis

Era previsible que la llamada guerra del taxi reapareciera a la menor oportunidad. El sector está en crisis y precisa una reestructuración a la que no puede estar ajena el Gobierno, los Gobiernos, ya que son varias las administraciones (nacional, autonómica y local) que inciden en el sector, que otorgan licencias, que cumplen funciones de control y que regulan el sector. El deber de esas administraciones es anticiparse a los problemas o, al menos, no esconderse cuando aparecen. Dejar pudrir una crisis siempre la hace más complicada, más costosa y más inviable.

Eso es lo que ha ocurrido desde hace años. En cuanto aparecieron las nuevas plataformas, colaborativas o no, para la gestión del trasporte urbano el modelo tradicional del taxi estaba obligado a recomponerse. Nada nuevo bajo el sol, pocos sectores están al margen del cambio, menos aún en la nueva era digital. De hecho no son pocos los profesionales del taxi que han andado listos para reestructurar el negocio, para organizarse, asociarse, organizar cooperativas u otros mecanismos de cooperación para mejorar el servicio y defender e incrementar su cuota de mercado.

Pero había vicios de origen, malas prácticas típicas en sector sometidos a licencias administrativas que por la pereza y la indiferencia de la administración se van deslizando hacia la zona gris o negra. El tráfico opaco de licencias, un sistema fiscal obsoleto, un modelo de relaciones laborales trasnochado y abusivo… todo ello junto convertía el sector en un gremio empujado a la autodefensa y a no pensar en futuro, a intentar mantener la posición con resistencia suicida. Durar o morir.

El sector es consciente de su fortaleza a corto plazo, de su capacidad de poner de rodillas a las autoridades locales y autonómicas que soportan mal los desórdenes incontrolados. Durante más de una década las licencias de taxi no han aumentado, aunque lo ha hecho la población y sobre todo el turismo. Un dato difícil de explicar. El mercado gris de licencias ha aumentado, también la concentración del sector de la que hay pocos datos. Y a tanto despropósito se une la aparición, no muy ordenada, de las nuevas plataformas digitales con una oferta más competitiva.

Desde hace años, por propia iniciativa y el impulso y la ayuda de la Administración (también del Gobierno nacional, que cobra para prevenir y crear marcos de progreso) debería haberse abordado la reestructuración del sector, con plazos y con ayudas; es decir con responsabilidad e inteligencia. Nada nuevo, se ha hecho en otros sectores y donde no se ha hecho han estallado conflictos descontrolados y ruinosos.

Los taxistas de Barcelona y Madrid han optado por ir a las bravas y a por todas, mirar al pasado y tratar de congelarlo. Pueden conseguirlo porque han entendido que pueden amedrentar a Gobiernos irresponsables (la Generalitat, por ejemplo) y capturar a políticos demagogos que se quedan en los titulares sin atender a datos elaborados (los de Podemos).

Los taxistas están enseñando a otros sectores afectados por fatales reestructuraciones que el camino es el desafío, la bronca, la amenaza y el desorden. Una estrategia de éxito ante gobiernos débiles y torpes, que sufren ante la presión y sucumben al chantaje. No reparan en que nunca es suficiente, que las reivindicaciones se encadenan y que la presión asamblearia y callejera siempre acaba mal para el común (los ciudadanos) y para los protagonistas desnortados, airados. Sin reestructuración inteligente (y costosa) el sector irá a la ruina. A ver a quién culpan entonces.