El código ético del BBVA y las escuchas de Villarejo

Todo lo que rodea a Villarejo es tóxico y resulta inquietante la lentitud de la justicia para cerrar causas (hay varias), para llevarlas a juicio y producir la correspondiente sentencia. Lo que más daña a la seguridad nacional, a la estabilidad y al estado de derecho es la sensación de impunidad que traslada la demora y las cautelas en el castigo de conductas irregulares y de delitos que están acreditados, por lo que vamos sabiendo, con datos muy precisos. La toxicidad se extiende a cuantos confiaron sus cuitas a Villarejo y aceptaron sus malos oficios para afrontarlas.

La última correría es la que tiene al BBVA y sus máximos responsables como promotores. Con el agravante de que ya son hechos probados una vez que el jefe de seguridad del banco, Julio Corrochano, excomisario de policía que llegó a jefe de la Policía judicial, confiesa que contrató a Villarejo para defender los intereses del banco. Que Corrochano (y sus jefes) estaban al tanto de las escuchas, y de los procedimientos ilegales, es más que obvio. Sobre todo porque son personas letradas que tienen conocimiento de los derechos fundamentales de las personas, entre ellos el referido en el artículo 18.3 de la Constitución Española (garantía del secreto de las comunicaciones, en especial las postales, telegráficas y telefónicas, salvo resolución judicial). Es muy improbable que Villarejo disfrutara de autorización judicial en su trabajo para el BBVA, de manera que la Fiscalía tiene fácil la investigación y las imputaciones. Si no ha empezado a trabajar en ello, sería muy mala señal.

Hay más malas señales, a esta hora no tengo conciencia de que el BBVA haya iniciado la tarea de dar explicaciones a los afectados por las escuchas. El código ético del banco (que lo tiene) dice en sus primeros párrafos que la ética empieza por el cumplimiento de la ley; parece poco pero es mucho. Evidentemente utilizar escuchas ilegales está fuera de la ley. Lo saben.

El delito es el mismo para una escucha ilegal que para cuatro mil, pero uno se pregunta ¿para qué tantas operaciones de escucha? Eso parece más propio de las policías secretas de las dictaduras que de la zona oscura de los negocios mercantiles. Me pregunto ¿quién y cómo procesaba esa ingente masa de conversaciones?, ¿cómo seleccionaban?, ¿a quién reportaban? Todo ello me parece relevante como para merecer una explicación detallada.

¡Cuatro mil personas!, Muchas de ellas autoridades de todos los poderes del Estado, altos funcionarios, incluso periodistas… ¡Qué barbaridad! No puedo ocultar que el hecho de que mi teléfono aparezca entre los espiados además de molestar me lleva a preguntar ¿qué interés podía tener esta gente en mis conversaciones? No tuve más interés en la peripecia BBVA-SACYR que la que corresponde a un periodista con largo oficio y experiencia en asuntos empresariales. Pero en ese momento, 2005, yo estaba al margen del avatar cotidiano y no tenía en menor interés en el caso. Sospecho que no escribí sobre el caso en los medios con los que colaboraba, que estaba tratado intensamente por los colegas que cubren la información financiera. Lo cual me lleva a concluir que la operación estaba preñada de inutilidad y estupidez, que el tal Villarejo les tomó el pelo a los del BBVA, además de conducirles a la ilegalidad. Por cierto tampoco he tropezado en mi larga y azarosa vida profesional con Villarejo y su panda.

El BBVA tendrá que dar explicaciones a los afectados y la Fiscalía tiene una responsabilidad evidente e inmediata a la hora de investigar, de aclarar y de castigar estas conductas que atentan contra las libertades y la credibilidad del Estado. No me preocupa que me escucharan, ¡vaya aburrimiento!, pero me resulta irritante, intolerable, tanto como para confiar y exigir que el Estado castigue a los delincuentes y a sus cómplices, especialmente a éstos que son los sujetos activos de la fechoría. El BBVA tiene un Código ético, pues enhorabuena, a cumplirlo.