Hacia otro gobierno para Andalucía

Sostiene un refrán que bien empieza lo que bien acaba con un doble sentido, lineal el primer (empezar bien permite acabar bien), o cínico y determinista el segundo (lo que acaba bien es que empezó bien). Me vale para comprender la política andaluza sometida a una complicada aritmética salida de las urnas hace pocas semanas. Ningún gobierno es posible sin el concurso de tres partidos, dos para gobernar y otro para sostenerlo. En un mapa caracterizado por la confrontación y la bipolaridad la salida del laberinto parece imposible.

Si atendemos las declaraciones públicas de los portavoces de los cinco grupos políticos representados en el Parlamento andaluz la única alternativa viable es la repetición de las elecciones una vez cumplidos los plazos reglamentarios. Incluso ese proceso resulta problemático ya que no sería sencillo componer la mesa del Parlamento, que es cuestión previa para los siguientes pasos hasta el agotamiento de la legislatura por la incapacidad de formar gobierno.

Pero una cosa es lo que dicen y otra lo que hacen. Aquí también, como en Cataluña, hay que acertar a entender por debajo y por encima del ruido ambiente. Al margen de las declaraciones los políticos hablan entre ellos con un pragmatismo que poco tiene que ver con lo que dicen. Hay razones para pensar que habrá gobierno nuevo a medidos de enero, mesa del Parlamento desde mañana mismo, y un proceso de elección de Presidente y de Gobierno de la Junta consensuado y por mitad de PP y Ciudadanos.

Los socialistas van asumiendo que se quedan fuera y van a tratar de salvar los muebles que puedan, que serán pocos, sobre todo a la vista de lo que han disfrutado hasta ahora. Y las otras dos formaciones de Adelante-Podemos y Vox van a tratar de obtener alguna ventaja, ya que más vale algo que nada, y que el riesgo de otras elecciones en mayo es poco recomendable.

De manera que vamos hacia un vuelco radical en el gobierno andaluz, que pasará por dos tiempos de desigual duración: primero el desmontaje del tinglado socialista que será pródigo en emociones, frustraciones, denuncias, ajustes de cuentas… (típico y tópico de un fin de régimen y de época), y luego por la crítica al nuevo gobierno PP-Podemos que por su propia naturaleza estará sometido a fuego amigo y enemigo hasta el agotamiento. Será un gobierno débil y problemático, sometido a todo tipo de intrigas y tensiones.

Así lo han querido los electores, y no es verosímil que los políticos andaluces actuales vayan a ser capaces de un desempeño ejemplar y sorprendente. Van a dar de sí lo que imaginamos, lo que han acreditado hasta ahora y eso parece poco capital para la tarea que aguarda. El caso andaluz tiene el valor de anticipar lo que nos aguarda en el resto de España a partir de mayo cuando se compongan las nuevas aritméticas autonómicas y municipales, que darán entrada a alianzas múltiples, variables y hasta inverosímiles. La política española navega por aguas brumosas sometida a tensiones contradictorias e imprevisibles.